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miércoles, 11 de febrero de 2009

Con un corazón artificial la vida es un musical


Para los corazones salvajes, para los corazones cansados de latir, para los pobres corazones infartados, he aquí la solución: un corazón artificial, orgánico para mayor compatibilidad y menores rechazos.

¿Su corazón está en riesgo? No lo piense más, en estos tiempos en los que el amor es un desastre cruelmente intermitente, nada más práctico y saludable que un corazón artificial. No deje pasar San Valentín sin adquirir uno. Ellos, tan salvajes, lo probaron, y volvió el amor para toda la vida:


Porque con un corazón artificial, la vida es un musical. Así que ya lo sabe, si quieren su happy end, corazones artificiales a tutti plen.

miércoles, 14 de enero de 2009

El teléfono comunica. Y un poema.


La revolución de los transportes y de las telecomunicaciones en el siglo XX relativizó las distancias entre los habitantes del planeta, hasta el punto de hacer posibles los amores telefónicos a distancia, una variable tan común hoy en día que cuesta pensar en el amor antes del invento de Graham Bell.

“Los drogadictos del progreso están dispuestos a pagar más por menos”, escribió Ivan Illich en su apuesta por una tecnología convivencial, un progreso que no fuera ni a pie ni en automóvil, sino en bicicleta. Según Illich, al franquear un determinado umbral, el progreso se vuelve contraproducente, se pasa de rosca. No hay más que fijarse en un atasco para darle la razón cuando decía que “el automóvil obstruye la circulación”. O pensar en el teléfono móvil, y su despliegue de ansiedades y controles varios, que tanto nos ha cambiado la vida, en tan poco tiempo.

En fin, el teléfono fijo tenía su encanto, pero ¿y el teléfono móvil? Supongo que no hay marcha atrás, el mundo es el que es y resulta improcedente preguntarse si los teléfonos ayudan o dificultan la comunicación. Si me preguntan a mí, contestaré con esa hermosa y equívoca frase en español, reversible como un guante, que no se sabe si dice lo que dice o lo contrario: el teléfono comunica.
Y ahora que ya no espero sus llamadas -que el amor es ya el recuerdo-, aquí el poema:

La llamada

Algún día el teléfono dejará de sonar
y tú seguirás hablando sola

Hay tanta locura escondida
en la raya de un pantalón,
en el fondo de los jarrones y las cajas
inútiles que decoran tu casa

Si vivieras aquí, si yo estuviera allí,
si la distancia fuera algo más
que un pretexto para llenar el aire
de palabras huecas

Llamar a las cosas por su nombre:
unos zapatos son unos zapatos,
un beso es un beso,
una resaca es una resaca,
una mujer es una mujer
y pagar por algo más de lo que vale
es buscarse la ruina

El mundo está lleno de hombres miserables
dispuestos a invertir en ti
sus últimas monedas

Yo siempre tuve, ya lo sabes, los bolsillos vacíos,
el pantalón arrugado y la nostalgia adelantada
del que sabe que está de paso

Los dos sabíamos algo, no mucho,
lo suficiente para no ser felices

Algún día escucharé tu nombre, sí,
y pensaré en aquella mujer que
no paraba de hablar por teléfono

Recordaré los zapatos, los besos,
la resaca interminable y la ruina,
las cajitas inútiles y los jarrones,
la distancia y mis bolsillos vacíos

También este poema
escrito mientras espero
junto al teléfono
tu llamada.

lunes, 10 de noviembre de 2008

El amor, los huevos y Annie Hall.



Un año de amor cabe entre este principio:



Y este final:



...las relaciones humanas son totalmente irracionales y locas y absurdas. Pero, supongo que continuamos manteniéndolas porque la mayoría necesitamos los huevos.

martes, 21 de octubre de 2008

Nostalgia del porvenir : del verano azzurro a la huelga general. Un paseo con Adriano Celentano.

Hay gente que hace el mundo más feliz, por ejemplo, Adriano Celentano o Paolo Conte. Cuando los dos se juntan la felicidad se multiplica y eso explica, en parte, que en el imaginario colectivo una canción italiana sea sinónimo de buen rollo. Por ejemplo:



Azurro, letra y música de Paolo Conte. Cuando Celentano grabó esta canción, Paolo llevó a su casa una copia de la maqueta: “Era tarde y mi madre aún estaba despierta. Nos fuimos los dos a la cocina y puse en marcha el magnetófono… Mi madre se echó a llorar. Aún me pregunto si eran lágrimas por el pasado o por el futuro.” El pasado y el futuro se refieren seguramente al personal de Conte, cuya madre llora por su triunfo, un éxito que supone una ruptura entre lo que fue y lo que será la vida de su hijo. Sin embargo, desde que lo leí en Paolo Conte, la reconstrucción del mogambo y otras canciones (Lumen), he pensado en esa reacción de la madre como definitoria de la impresión que deja la música en un oyente emocionado. Simon Frith, el sociólogo del rock decía a cuenta de los Beatles que, incluso al escuchar por primera vez uno de sus temas, “había una sensación de recuerdos por venir”. En este mismo sentido Santiago Auserón tituló una de las últimas compilaciones de Radio Futura como Memoria del porvenir. Es una idea repetida, el que la música establece otro tiempo diferente, con pautas rítmicas que físicamente influyen en el latido del corazón, con melodías que evocan emociones concretas, donde es posible llorar por la amada perdida sin dejar de soñar con la camarera que nos sirve. Y lo mejor, que no hay necesidad de que haya amor perdido, ni camarera a la vista: la música las convoca por nosotros. Así que lágrimas por el pasado o por el futuro, una nostalgia del porvenir.

La lolita pirulera y el papito calzonazos

Una experiencia intensa la de la música; como el amor de La pareja más bella del mundo, que fue la primera canción que compuso Paolo Conte para Celentano, que puso la letra. La coppia più bella del mondo, llegó a las listas de éxito en el 67. Fíjense en la interpretación cómica de Celentano que canta en esta ocasión, en lugar de con su mujer -Claudia Mori, para la que fue escrita-, con la cantante Mina:



¿Ven ahora a lo que me refería cuando decía esa cursilada de que Adriano Celentano es una de esas personas que hacen más feliz el mundo? Y la estrategia bufonesca con la que procede no renuncia a la inteligencia, de hecho, al fingirse un tullido mientras entona “somos la pareja más bella del mundo y lo sentimos por los demás que están tristes y son tristes porque no saben qué cosa es el amor”, le da la vuelta a la canción y la universaliza: por feo que sea nuestro amante, si se aliña con amor, resulta el más guapo del mundo. Una vuelta de tuerca que ridiculiza el mensaje de la canción, ese amor tan convencional en el que él la trata como una niña y ella le tiene dominado por sus maneras de Lolita. ¿Quién no ha sufrido (y disfrutado) de una novia que en los momentos de acaramelamiento (o de chantaje) pone voz de niña traviesa? Estrategia de seducción, le llaman, ¡armas de mujer! Algunas tropicales, si te descuidas, hasta te dicen papito, que si ya antes daba repelús, desde el autobautismo de Miguel Bose da directamente calambre. Ella te dice papito y tú le dices mi niña, mi pequeña, mi baby: el círculo se cierra, la media naranja y la naranja entera.

Celentano al interpretar como un bufón tullido, nos está demostrando que el amor es cuento. De ahí que su interpretación sea a la par que divertida reveladora. Si no se tomara a broma y nos cantase la canción sin ironía, con la pose a la que acostumbran los cantantes melódicos, el mensaje que nos trasmitiría Celentano sería el de la pareja más bella del mundo, sin sombra que lo cuestione, de forma que estaría promocionando un tipo de relación que no es otro que el de la lolita pirulera y el papito calzonazos. Ustedes dirán, como siempre que trato de explicar canciones, que exagero. Tal vez tengan razón.

Quien no trabaja no hace el amor

Estábamos con lo inteligente y divertido que es Celentano y cómo hace que el mundo sea más feliz sin hacer que sea más idiota. Dejemos a Paolo Conte para otra entrada y escuchemos otra canción, un auténtico hit, perfectamente silbable y con la torsión y el ingenio capaz de hacer saltar todas las resistencias aunque se trate, ni más ni menos, que de una canción política en la que una mujer le dice a su marido que abandone la huelga, que ya no tiene dinero para comprar comida; se lo dice además con las piernas cerradas: chi non labora no fa l´amore. El país entero está en huelga y ella acaba por desviar la culpa de su marido al mismísimo patrón, al que le acaba pidiendo que suba los sueldos “ y ya verá como el amor vuelve a entrar en su casa, y en la de todos”. Esta canción triunfó en el festival de San Remo de 1970, interpretada por Claudia Mori y, si la red no me engaña, también por Celentano. Vean que estilazo al cante, al baile y a la dirección del coro:



Una canción más socialdemócrata que revolucionaria, pero política al fin, y divertida. En las antípodas por ejemplo de la totalitaria Europe´s living a celebration, de la que ya hablamos aquí por extenso. Pues eso era todo por hoy. Espero les inspire el maestro Celentano tanta felicidad como a mí, y si además les da fuerza, aprovéchenla, irrumpan en el despacho del patrón y pídanle un aumento de sueldo en nombre del amor; si no saben cómo hacerlo, háganlo como el maestro, háganlo cantando.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Las nubes siguen siendo nubes



Algún día contaremos juntos nuestra historia. Mientras tanto bastará decir que nos quisimos a destiempo: ella me quiso primero, como quieren las mujeres enérgicas, apasionadamente, y yo la quise después, cuando ella ya sólo quería ser mi amiga. Se reirían mucho si me hubieran visto mendigándole un poco de cariño, elaborando alambicadas teorías sobre la amistad y el roce, sobre la libertad y el goce.
Al final quedó una gran amistad, la confianza de haber vivido muchas cosas y saber que la aventura continúa; que quizás nuestro amor fue un experimento fallido y pasajero, pero que como amigos nos queremos para siempre. Suena, lo sé, a frasecita de carpeta de quinceañera y, sin embargo, no saben ustedes cuánta verdad encierra.
Por el camino se fueron quedando un par de canciones que ya casi he olvidado y este poema que escribí -cuando yo sólo quería ser su amigo-, para tratar de convencerla de que el amor que ella sentía hacia mí era, en realidad, una invención; una proyección similar a la que hacemos cuando buscamos formas en las nubes. Ya entonces éramos muy amigos y el no estar de acuerdo en algo -en este caso el amor-, y nuestra natural tendencia al desparrame, nos hacía teorizar mucho buscando fórmulas y encajes imposibles. En fin, este poema con aires de reproche y aterrizaje forzado que, tan pronto lo lancé, no tardó en volver cual boomerang, a tirarme del caballo:


Tú no has estado en el paraíso
y hablas de él como si fuera tu casa

En el jardín se secó el almendro
como lágrimas secas fueron cayendo las hojas
reclamando para sí el descubrimiento del fuego
la extinción de los pájaros azules

Yo probé a cerrar los ojos
por ver si así despertaba

Pero las nubes siguen siendo nubes
y las estrellas no saben de astronomía

viernes, 19 de septiembre de 2008

Me enamoré de una indieCapítulo 1. Mi rifle, mi poni y yo.

Le dije que vivía en un garaje con una estufa de leña y ella, vayan a saber por qué, se imaginó una casa en el lejano oeste. Sólo me había visto una vez y, es verdad, yo llevaba las botas llenas de fango. Llovía como hoy, un poco menos quizás, y yo había estado paseando por el parque del Retiro antes de llegar al bar donde un amigo común nos presentó. Hablamos del tiempo y no sé muy bien cómo le conté la historia de una yegua que me regalaron cuando tenía catorce años y vivía con mi madre en el campo, cerca de Sevilla. Era una yegua torda, bajita como un burro y con el lomo combado de haber soportado desde potrilla el peso de su anterior dueño. Entonces presumía, impermeable a la risa de los demás, de que la yegua era de pura raza árabe.

Salimos los dos del bar, después de despedirnos de nuestro amigo, ella con prisa por perderme de vista y yo dispuesto a llevarla al fin del mundo. Caminamos bajo la lluvia, estaba tan guapa con su paraguas violeta y su pelo erizado por la humedad, que a mí me daba igual estar mojándome mientras ella siguiera a mi lado. No paré de hablar de mi yegua, me parecía un buen tema, si mi memoria no me traiciona, ella en el bar me había comentado algo de que alguna vez asistió a clases de monta inglesa. Le conté que le pusimos de nombre Tacones, por el estilizado sonido de sus cascos al andar, pero que eso daba igual porque los caballos no son perros y no atienden cuando se les llama. Le conté también que nunca supe que pensaba de mí aquel animal y hasta me atreví a sugerir un paralelismo con lo misteriosas que me resultan algunas mujeres, concretamente las que me gustan. No se dio por aludida.

Todas las tardes –le seguí contando- ensillaba a mi yegua y me iba de paseo, a ver la puesta de sol; incluso algunas noches, pasaba de la motocicleta y me iba con Tacones hasta el pueblo, sin prestar atención a los paletos que se metían conmigo. Pensé que estaba empezando a resultar pesado, cuando ella me preguntó qué me decían los paletos. No sé, le contesté entusiasmado de haber atrapado su atención, y, queriendo verla reír, en forzado acento andaluz, grité en medio de la calle: ¡échale paja al borrico! Luego añadí sotto voce, que los de aquel pueblo eran así de brutos y les gustaba mucho gritar. No pareció hacerle gracia -ella era tan sofisticada-, y un silencio lleno de lluvia estuvo a punto de ahogarme.

Ahora que lo pienso, hubiera sido mejor dejarlo ahí, abandonarme a la corriente de agua sucia que corría por la calle y dejarme tragar por la alcantarilla. En fin, ajeno al peligro que se avecinaba, seguí diciendo tonterías: es cierto que Tacones era bajita y que yo ya había pegado el estirón y mis piernas, al montar, caían ridículamente hasta casi tocar…En ese momento, ella, dejándome con la palabra en la boca, levantó la mano y paró un taxi. Desde la ventanilla se despidió de mí: Hasta luego silvestre, vete a contarle tus aventuras rurales a otra.

El caso es que a los pocos días me encontré en mi buzón de correo electrónico un mensaje con la pregunta ¿cómo está ese poni? por asunto. Al abrirlo, una lacónica frase:
Los que hablan mucho se quedan solos, con su rifle y con su poni.
Y este video de youtube:



Continuará...

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Cartas de amor y desamor a Sophie Calle



Yo estuve en la Bienal de Venecia entre otras cosas para ver la obra de Sophie Calle. A partir de un e-mail de ruptura sentimental recibido, Sophie encarga a 107 mujeres, de las más variadas profesiones, que lo reinterpreten. La instalación que ocupaba todo el pabellón francés -con vídeos, fotos y los comentarios y anotaciones de las mujeres invitadas- se titulaba Prenez soin de vous (Cuídese) porque esas eran las palabras finales de la misiva con las que se despedía el remitente: “Tomé la recomendación al pie de la letra” explica en el catálogo. “Pedí a 107 mujeres que me ayudaran a interpretar el e-mail. Que lo analizaran, lo comentaran, lo representaran, lo bailaran, lo cantaran, lo disecaran, lo agotaran. Que hicieran el trabajo de comprender por mí. Que hablaran en mi lugar. Una manera de tomarme mi tiempo para romper. A mi ritmo. En definitiva, cuidarme".

Entre bailarinas, poetas, matemáticas, abogadas, pintoras, maestras de Ikebana, policías, psicoanalistas, campeonas de tiro de precisión, contables, astrólogas, y un largo etcétera, estaban Victoria Abril y Christina Rosenvinge, aportando su granito de arena en aquella multitudinaria y pública respuesta estética al misterioso G., el cual en ningún momento de su carta deja de tratar de usted a la desconsolada Sophie.
La instalación era apabullante y eso en parte le restaba fuerza; no sé si por mi condición de varón, pero tanto despliegue impúdico, me hizo sentir una enorme simpatía por G. En las antípodas de aquel espectáculo de exhibicionismo coral recordé otra obra de Sophie, esta vez una carta de amor, recogida en Des histoires Vraies, que a mí me parece memorable porque demuestra con muy pocos elementos que el amor es ante todo una construcción retórica, un cuento, y en este caso, además, de pago. Un párrafo le basta para desenmascarar la retórica amorosa y extender la sospecha sobre la verdad de los sentimientos. También, y en sentido inverso, puede pensarse en la perturbadora idea de que tal vez el amor se pueda comprar. Decidan ustedes y, en cualquier caso, cuídense:

La carta de amor

Sobre el escritorio anda rodando con desidia desde hace años una carta de amor. Nunca había recibido una carta de amor. Le encargué una a un memorialista. Recibí, ocho días más tarde, una bella carta de siete páginas, escrita en verso y pluma. Me había costado cien francos y el hombre dijo: "...yo, sin moverme, he estado en cualquier parte donde tú estabas..."
Sophie Calle, Des histoires vraies.


*Las imágenes están tomadas en la instalación Prenez soin de vous realizada por Sophie Calle en el Pabellón Francés, durante la 57 Bienal de Venecia.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Hueles como los árboles


La vida es una sombra tan solo, que transcurre; un pobre actor
que, orgulloso, consume su turno sobre el escenario
para jamás volver a ser oído. Es un cuento
contado por un idiota, lleno de ruido y de furia,
que nada significa.
(W. Shakespeare, Macbeth)


D.Hockney, Bigger trees near water.


Cuando ella llegó, yo estaba perdido en la lectura de El ruido y la furia, intentando enterarme de algo. Ya saben, Faulkner toma el título de Macbeth, y la primera parte de su novela tiene por narrador a Benjy, un deficiente-autista, a través del cual el presente y el pasado de la tormentosa familia Compson se entrecruza y se desdibuja en una sugerente oscuridad argumental. Una historia -la vida- contada por un idiota; una historia, llena de ruido y de furia, que avanza sin explicaciones, a remolque de las impresiones de Benji, para el que, según comentó Faulkner, todo sucede en el mismo instante.
En ese instante de incomprensión en el que vive Benji sobresale la pasión que siente por el fuego, por un trozo de prado y por su hermana Caddy, de la que dice siempre que huele como los árboles.
Así olía ella también. Cerré el libro y se lo dije, sin saber muy bien si mi olfato no estaba condicionado por la lectura. White Musk –me contestó ella, matando todo el encanto- un aceite esencial de Body Shop. Luego se fue; tenía la costumbre de marcharse siempre antes de tiempo. Apoyado en la almohada, sin comprender, como un idiota, escribí el poema:

Hueles como los árboles,
te digo recordando a Faulkner,
mientras me balanceo en el columpio
y me acaricia el aire,
el perfume me lleva
a querer abrazarte
pero la suerte del colgado
en el balanceo
es pasar sin tocarte.
Estar contigo es jugar a las cometas
perdiendo el hilo,
estando aquí
estás en otra parte.
Tú me besas desde lejos
y cuando estoy más cerca
te marchas porque es tarde.
Se queda tu olor
como un columpio que arde solo
bajo los árboles.