Coral estaba estudiando la representación de los géneros en la televisión. Un día le preguntó a su abuela qué invento había sido más importante para ella. Para su sorpresa –Coral esperaba que le dijera que la televisión- su abuela contestó que la lavadora.
La popularización de la lavadora automática se empieza a producir en Europa después de la segunda guerra mundial, pero en España no fue hasta bien entrados los años 60, con el desarrollo económico, cuando se empezaron a ver en las cocinas y en los patinillos patrios. ¡Cuánta ropa debió de lavar a mano la abuela para citar a la lavadora como el invento más importante en su vida!
Luego llegaron los chistes electrodomésticos y los anuncios de la tele. Los dos con el aroma machista de la época. Un chiste: ¿en qué se parece una mujer a una lavadora? en que le echas unos polvos y te lava la ropa. (Advertencia al lector: no tienen por qué reírse, la inclusión de este chascarrillo en el post atiende a un interés puramente socio-simbólico, es decir, ilustrativo de la imagen de la mujer vinculada al electrodoméstico). Aunque este chiste es posible que fuera posterior, lo que está claro es que no podía ser anterior a la invención de la lavadora. Y ahora un poco de publicidad; vean, vean, cómo se representaban los roles sexuales en la televisión de los sesenta. ¡Qué contentas se ponen con sus cocinitas Corcho!, con su lavadora Invicta traída en helicóptero y su horno que se limpia solo, de la marca Edesa. Qué tranquilas se quedan con Cointra. Qué desafío al conformismo, con la superautomática zanussi. Miren, miren -ahora que se va, marginado por el gas ciudad- la llegada del butano a los campos más lejanos, allí donde no llega la corriente:
Ivone acaba de llegar de Cuba con una beca posdoctoral para investigar las aplicaciones de la espirulina; un alga para mí y para el común de los mortales desconocida, pero a la que ella ha consagrado años de estudio farmacéutico.
Como soy de letras y amante de las perspectivas panorámicas siempre me llama la atención la hiperespecialización científica. En mi suprema ignorancia digo espirulina y achino los ojos como intentado ver más allá: un fondo marino de vivos colores, un remedio natural y milagroso para evitar el envejecimiento de las células, una nueva droga portadora de la felicidad y sin efectos secundarios… En fin, relleno mis lagunas con paletadas de imaginación psicodélica mientras pienso que este fin de año, no voy a necesitar ni un buche de champán ni una calada de porro: me bastará con una pequeña dosis de espirulina para empezar una nueva vida, más feliz, más joven y más colorida. Se nos murió Albert Hoffman pero aquí está Ivone y su espirulina.
La espirulina no todo lo ilumina
La llamo por teléfono y, como era de esperar, mi imaginación ha volado demasiado lejos. Por no perder el rigor académico, tratándose de algo científico, le pregunto por el título exacto de su tesis doctoral: “Desarrollo de una línea cosmética para la protección solar con estracto de espirulina platensis cubana”. Pero Ivone, me aclara, está aquí, en Sevilla, para introducir la espirulina en forma sólida como suplemento vitamínico. Me explica que además de las aplicaciones cosméticas, la espirulina –una microalga similar a los sargazos que llegan hasta la orilla de la playa- es rica en proteínas, minerales, vitaminas, aminoácidos esenciales, ácidos grasos poli-insaturados, etcétera. Su misión es convertir el alga en comprimidos: pirulas de espirulina, pero sin vuelo psicotrópico. La realidad siempre a pie de tierra.
Olvido, decepcionado, el alga, y le pregunto por qué su nombre se escribe con una sola ene y no dos. Su padre le inscribió mal en el registro. En Cuba los nombres no están limitados por el santoral ni tampoco por el buen gusto, recuerdo que en Guantánamo, desde donde se ven aterrizar los aviones en la base naval estadounidense, algunos niños atienden al nombre de Usnavy.
Ivone acaba de llegar hace diez días y lo primero que tuvo que hacer al bajar del avión fue comprarse unas botas, ya que las chanclas playeras que tenía no sirven para el invierno. Luego se compró un chaquetón y, aun así, no ha podido evitar caer enferma de gripe.
Piropos a mansalva Acostumbrada a vivir como cubana, rodeada de gente, la vida en Sevilla en un piso compartido con una compañera con la que apenas se cruza, le parece de una soledad enorme. Más miga tiene su comentario de que aquí los hombres no piropean a las mujeres. Glup, trago saliva e intento explicarle que el feminismo nos tiene enseñado que piropear a la mujer es denigrarla a la condición de objeto, de un objeto bonito, pero objeto al fin y al cabo. Yo, por ejemplo, no es que crea en ese feminismo y, sin embargo, me cuido muy mucho de expresar mis impresiones fuera de un ámbito íntimo no vaya a ser que me pongan mala cara o me llamen directamente machista asqueroso. Ivone parece no entenderme y yo complico más el asunto añadiendo que el imperativo biológico que impulsa los juegos de seducción entre hombres y mujeres, desde la liberación feminista, ha tenido que adaptarse a reglas más complejas y a censuras difíciles de sortear. Ivone me contesta diciendo que a todas las mujeres les gusta que le digan cosas bonitas, y yo ya no sé cómo hacerle entender el entuerto de lo políticamente correcto sin parecer idiota. En fin, trato de explicarle, confusamente, la confusión del macho contemporáneo, su despistada blandenguería. Pensará que aquí estamos todos locos.
Me despido hablándole de un cortometraje protagonizado por un amigo, José Chaves, con el que, precisamente, viajé a Cuba en el año 96. Mi señora, dirigido por Juan Rivadeneira, es uno de los videos españoles más visto por internet, un auténtico suceso mediático que, entre otras cosas, debe su éxito a su incorrección y a su inmoderada falta de respeto hacia la profilaxis verbal impuesta por el feminismo. Una lectura atenta de Freud y de su libro El chiste y su relación con lo inconsciente, permitiría identificar los mecanismos de liberación que activa la risa en relación con lo reprimido. Sin embargo, para no alargarnos más, bastará con una cita de Cioran que ahuyente a las malhumoradas y represoras feministas: “la religión, al igual que las ideologías, que han heredado sus vicios, no son más que cruzadas contra el humor”. Ahora, diviértanse:
La historia de un obrero en huelga que llega a su casa y su mujer en vez de tenerle preparada la comida le monta un numerito. El poco dinero que le da él (porque está más días de huelga que trabajando) no le alcanza, así que ella misma decide ponerse en huelga en contra de él, presionando donde más duele: en el amor. Quien no trabaja no hace el amor, le dice ella. Así que él se lanza a la calle a trabajar mientras todo el mundo está en huelga. Un piquete lo sorprende y le pega un puñetazo, lo que obliga al sufrido marido a encaminarse a pie hasta Urgencias. Sí, los tranvías también están en huelga. Al llegar al hospital, el médico también está en huelga. Nuestro hombre se pregunta con impaciencia y escándalo, qué juego es este, cómo va acabar este desmadre. El pobre no sabe que hacer: si no hace huelga los piquetes le pegan, y si la hace, su mujer le niega el amor.
La historia termina con el hombre pidiéndole al patrón que le dé el aumento, que “así vera que en su casa y en la de todos entra el amor”. Hace unos días escribí una entrada hagiográfica de Adriano Celentano que la cerraba entusiasmado con este tema. Decía que era una canción política que planteaba la solución de una huelga en que la patronal cediera y concediera el reclamado aumento de sueldo. Decía también que era una canción más socialdemócrata que revolucionaria, pues no trata de subvertir el orden establecido sino de acomodar la parte más sufrida, que los explotados no estén tan explotados. La revolución es el sueño de los desposeídos y la forma socialdemócrata de evitar levantamientos es darle algo para poseer, aunque sea una hipoteca, o como en este caso, un aumento.
Montalbán me salva de la ignorancia
Contrastando mi perezoso análisis del otro día con el implacable de Manuel Vázquez Montalbán en su Cancionero general del franquismo, había pasado por alto el papel denigrante que se reserva a la mujer, de “cinturón de castidad al servicio de la patronal”; y el papel decisivo y violento que se atribuye a los piquetes en la huelga. Dos tópicos peligrosísimos se me habían colado. Sencillamente, embelesado por la música que distrae el intelecto, no me había enterado de nada.
Como soy de natural vanidoso y me jacto en público de escuchar atentamente las canciones, le he dado muchas vueltas a este despiste. He traducido la letra del italiano y he descubierto que en la versión española que maneja Montalbán el final está cambiado. Ya se sabe que en España, por aquella época, las canciones volcadas de otros idiomas llevaban impresa la marca de la censura. Así, donde debería decir:
¡No sé que hacer! Si no hago huelga me golpean Si la hago mi mujer dice: “Quien no trabaja no hace el amor”. Dame el aumento señor patrón Así verá que en su casa Y en la de todos, entra el amor.
Donde debería decir eso, se dijo, en la versión española que utiliza Montalbán:
Si la huelga no es la solución Su mujer tendrá razón si dice: Quien no trabaja No tiene amor Hay que arreglarlo Con el patrón.
Pero esta curiosidad, esta pérdida de filo en la traducción-traición, no le quita la razón a Montalbán, el cual, en su impagable prólogo del año 72 al Cancionero general del franquismo, analiza esta canción en los siguientes términos:
“El cinturón de castidad al servicio de lo patronal o el voto de la mujer a las derechas nunca ha tenido mejor traducción expresiva que esta canción de Celentano, Chi non lavora non fa l´amore, que provocó fuertes protestas en el seno del movimiento obrero italiano y que fue ignorantemente digerida por el público español. Vemos como la canción no es sólo un medio de conformación lento y seguro de una sentimentalidad y de un catálogo de verdades emocionales, sino que en ocasiones puede ser un directísimo medio de propaganda bajo la coartada de la banalidad.”
Pues eso, bajo la coartada de la banalidad nos inoculan ideas represivas. Sin que nos demos cuenta.
Ahora sí, enfrentemos el peligro de intoxicación ideológica
Expongámonos a la contaminación, esta vez no con Celentano sino con su mujer Claudia Mori, en un vídeo de 1970, en el Festival de San Remo. Un espectador, antes de que empiece el canto, le grita ¡Claudia sei pavorossa! Y realmente el contoneo que sigue lo atestigua: Claudia se balancea, con los brazos en jarra y moviendo el caderamen, vanagloriándose de su pavorosso poderío, de su seductor chantaje: quien no trabaja no hace el amor:
Mujeres así levantan un país.
(La foto es de Manuel Vázquez Montalbán,en 1943. Con cuatro años y ya tan estudioso).
Les traigo una aventura de Gerard Lauzier, el mordaz dibujante que retrató en Cosas de la vida la sociedad francesa post 68. Hoy Lauzier es cineasta y desde el 92 no ha publicado ningún comic; en declaraciones recogidas por un periodista, explica su abandono: "Es un trabajo muy solitario y, además, nunca fui un auténtico dibujante. Yo dibujaba lo justo para poder explicar una historia, así que no lamento haber cambiado los tebeos por el cine. ¿Volver a la historieta? ¿Para qué? Y, sobre todo, ¿para quién? Por los motivos que sean, hemos perdido a los lectores que consideraban que los tebeos estaban al nivel narrativo de la novela o el cine. ¿Qué pinto en un mundo de superhéroes americanos y mangas japoneses?".
En fin, una pérdida irreparable que los amantes del tebeo para adulto lamentamos. Ayer viendo el blog de Mildred, Millana, descubridora de tesoros, me iluminó con un video del Youtube en el que el Fary diserta entorno al hombre blandengue. No se lo pierdan:
Enseguida me acordé de esta sátira de Lauzier recortada hace mil años de una revista guarra que se llamaba Bazaar. Gracias al escáner comparto esta historieta de hombres blandengues y mujeres fortachonas que tenía guardada, como oro en paño, entre las páginas de ese tebeo inolvidable sobre la revolución sexual que es Las sextraordinarias aventuras de Zizi y Peter Panpan del mismo autor. Interrogado por qué en sus historias el hombre siempre es el perdedor y la mujer siempre gana, Lauzier contestó: “todo el mundo va a pensar que soy misógino. Pero esta situación, el hombre perdiendo o puesto en ridículo y la mujer siempre vencedora, es cierta, real. Aunque no sea del todo exacta. Yo creo que las mujeres ganan a corto plazo pero que pierden a la larga”. No sé qué pensarán ustedes, amigas y amigos; yo pienso que la peor de las derrotas es perder el sentido del humor, y que, cuando se habla de relaciones entre hombres y mujeres, es mejor reír, para no llorar.
Les dejo con Lauzier, no olviden que para ver la imagen más grande sólo tienen que pinchar encima: