Paso estos días en casa de una amiga que tiene televisión digital. La otra tarde, en el canal de Viajes, un chispeante mochilero yanqui recorría Nepal. Me sorprendió que las imágenes que salían de Katmandú la mostraban como una ciudad alegre, llena de colores. Había estado hace casi dos años por aquellas mismas calles de Tamel, armado con mi cámara, que es una forma de distraer la impaciencia de un mal turista como yo, y ni mis fotografías ni mis recuerdos casaban con aquel Katmandú televisivo.
En Nepal por esos días había comenzado el pulso entre la guerrilla maoísta y los siete partidos políticos contra el rey Gyanendra, pulso que terminó institucionalmente el 28 de mayo de este año 2008, cuando por fin se ha proclamado la república. Yo estuve desde el 30 de enero hasta el 20 de febrero del 2006, y aunque el momento más crítico se vivió unos meses más tarde, las huelgas, el toque de queda y el ejército en las calles, dejaban a Katmandú sumida en un ambiente turbio. Supongo que el haber hecho las fotos en blanco y negro ayuda también a que mi memoria recuerde la ciudad sin brillo, descolorida como esos pañuelos budistas con rezos que el viento va deshilachando.
Aquí les dejo parte de las fotos que tomé entonces, mi particular Katmandú en Blanco y negro. No tienen un valor artístico, más bien son un testimonio documental, una mirada que retorna, con su luz y con su sombra.
Basta con pinchar encima de la fotografía del encabezado y tendrán acceso a la galería. Buenos días tengan ustedes.
Hay gente que hace el mundo más feliz, por ejemplo, Adriano Celentano o Paolo Conte. Cuando los dos se juntan la felicidad se multiplica y eso explica, en parte, que en el imaginario colectivo una canción italiana sea sinónimo de buen rollo. Por ejemplo:
Azurro, letra y música de Paolo Conte. Cuando Celentano grabó esta canción, Paolo llevó a su casa una copia de la maqueta: “Era tarde y mi madre aún estaba despierta. Nos fuimos los dos a la cocina y puse en marcha el magnetófono… Mi madre se echó a llorar. Aún me pregunto si eran lágrimas por el pasado o por el futuro.” El pasado y el futuro se refieren seguramente al personal de Conte, cuya madre llora por su triunfo, un éxito que supone una ruptura entre lo que fue y lo que será la vida de su hijo. Sin embargo, desde que lo leí en Paolo Conte, la reconstrucción del mogambo y otras canciones (Lumen), he pensado en esa reacción de la madre como definitoria de la impresión que deja la música en un oyente emocionado. Simon Frith, el sociólogo del rock decía a cuenta de los Beatles que, incluso al escuchar por primera vez uno de sus temas, “había una sensación de recuerdos por venir”. En este mismo sentido Santiago Auserón tituló una de las últimas compilaciones de Radio Futura como Memoria del porvenir. Es una idea repetida, el que la música establece otro tiempo diferente, con pautas rítmicas que físicamente influyen en el latido del corazón, con melodías que evocan emociones concretas, donde es posible llorar por la amada perdida sin dejar de soñar con la camarera que nos sirve. Y lo mejor, que no hay necesidad de que haya amor perdido, ni camarera a la vista: la música las convoca por nosotros. Así que lágrimas por el pasado o por el futuro, una nostalgia del porvenir.
La lolita pirulera y el papito calzonazos
Una experiencia intensa la de la música; como el amor de La pareja más bella del mundo, que fue la primera canción que compuso Paolo Conte para Celentano, que puso la letra. La coppia più bella del mondo, llegó a las listas de éxito en el 67. Fíjense en la interpretación cómica de Celentano que canta en esta ocasión, en lugar de con su mujer -Claudia Mori, para la que fue escrita-, con la cantante Mina:
¿Ven ahora a lo que me refería cuando decía esa cursilada de que Adriano Celentano es una de esas personas que hacen más feliz el mundo? Y la estrategia bufonesca con la que procede no renuncia a la inteligencia, de hecho, al fingirse un tullido mientras entona “somos la pareja más bella del mundo y lo sentimos por los demás que están tristes y son tristes porque no saben qué cosa es el amor”, le da la vuelta a la canción y la universaliza: por feo que sea nuestro amante, si se aliña con amor, resulta el más guapo del mundo. Una vuelta de tuerca que ridiculiza el mensaje de la canción, ese amor tan convencional en el que él la trata como una niña y ella le tiene dominado por sus maneras de Lolita. ¿Quién no ha sufrido (y disfrutado) de una novia que en los momentos de acaramelamiento (o de chantaje) pone voz de niña traviesa? Estrategia de seducción, le llaman, ¡armas de mujer! Algunas tropicales, si te descuidas, hasta te dicen papito, que si ya antes daba repelús, desde el autobautismo de Miguel Bose da directamente calambre. Ella te dice papito y tú le dices mi niña, mi pequeña, mi baby: el círculo se cierra, la media naranja y la naranja entera.
Celentano al interpretar como un bufón tullido, nos está demostrando que el amor es cuento. De ahí que su interpretación sea a la par que divertida reveladora. Si no se tomara a broma y nos cantase la canción sin ironía, con la pose a la que acostumbran los cantantes melódicos, el mensaje que nos trasmitiría Celentano sería el de la pareja más bella del mundo, sin sombra que lo cuestione, de forma que estaría promocionando un tipo de relación que no es otro que el de la lolita pirulera y el papito calzonazos. Ustedes dirán, como siempre que trato de explicar canciones, que exagero. Tal vez tengan razón.
Quien no trabaja no hace el amor
Estábamos con lo inteligente y divertido que es Celentano y cómo hace que el mundo sea más feliz sin hacer que sea más idiota. Dejemos a Paolo Conte para otra entrada y escuchemos otra canción, un auténtico hit, perfectamente silbable y con la torsión y el ingenio capaz de hacer saltar todas las resistencias aunque se trate, ni más ni menos, que de una canción política en la que una mujer le dice a su marido que abandone la huelga, que ya no tiene dinero para comprar comida; se lo dice además con las piernas cerradas: chi non labora no fa l´amore. El país entero está en huelga y ella acaba por desviar la culpa de su marido al mismísimo patrón, al que le acaba pidiendo que suba los sueldos “ y ya verá como el amor vuelve a entrar en su casa, y en la de todos”. Esta canción triunfó en el festival de San Remo de 1970, interpretada por Claudia Mori y, si la red no me engaña, también por Celentano. Vean que estilazo al cante, al baile y a la dirección del coro:
Una canción más socialdemócrata que revolucionaria, pero política al fin, y divertida. En las antípodas por ejemplo de la totalitaria Europe´s living a celebration, de la que ya hablamos aquí por extenso. Pues eso era todo por hoy. Espero les inspire el maestro Celentano tanta felicidad como a mí, y si además les da fuerza, aprovéchenla, irrumpan en el despacho del patrón y pídanle un aumento de sueldo en nombre del amor; si no saben cómo hacerlo, háganlo como el maestro, háganlo cantando.
Les traigo una aventura de Gerard Lauzier, el mordaz dibujante que retrató en Cosas de la vida la sociedad francesa post 68. Hoy Lauzier es cineasta y desde el 92 no ha publicado ningún comic; en declaraciones recogidas por un periodista, explica su abandono: "Es un trabajo muy solitario y, además, nunca fui un auténtico dibujante. Yo dibujaba lo justo para poder explicar una historia, así que no lamento haber cambiado los tebeos por el cine. ¿Volver a la historieta? ¿Para qué? Y, sobre todo, ¿para quién? Por los motivos que sean, hemos perdido a los lectores que consideraban que los tebeos estaban al nivel narrativo de la novela o el cine. ¿Qué pinto en un mundo de superhéroes americanos y mangas japoneses?".
En fin, una pérdida irreparable que los amantes del tebeo para adulto lamentamos. Ayer viendo el blog de Mildred, Millana, descubridora de tesoros, me iluminó con un video del Youtube en el que el Fary diserta entorno al hombre blandengue. No se lo pierdan:
Enseguida me acordé de esta sátira de Lauzier recortada hace mil años de una revista guarra que se llamaba Bazaar. Gracias al escáner comparto esta historieta de hombres blandengues y mujeres fortachonas que tenía guardada, como oro en paño, entre las páginas de ese tebeo inolvidable sobre la revolución sexual que es Las sextraordinarias aventuras de Zizi y Peter Panpan del mismo autor. Interrogado por qué en sus historias el hombre siempre es el perdedor y la mujer siempre gana, Lauzier contestó: “todo el mundo va a pensar que soy misógino. Pero esta situación, el hombre perdiendo o puesto en ridículo y la mujer siempre vencedora, es cierta, real. Aunque no sea del todo exacta. Yo creo que las mujeres ganan a corto plazo pero que pierden a la larga”. No sé qué pensarán ustedes, amigas y amigos; yo pienso que la peor de las derrotas es perder el sentido del humor, y que, cuando se habla de relaciones entre hombres y mujeres, es mejor reír, para no llorar.
Les dejo con Lauzier, no olviden que para ver la imagen más grande sólo tienen que pinchar encima:
En esta ocasión Marta Echevarría me entrevista en radio 3. Fue el miercoles pasado a las 9 de la mañana. Ella, la locutora, se había levantado a las cinco de la madrugada; su único combustible había sido el café de la máquina de aquel edificio de Prado del Rey. Yo me había levantado a las 8 y desayuné tostadas con una infusión de manzanilla, sirva esto en mi descargo -que no acostumbro a madrugar ni a tomar excitantes-. En fin, intenté estar a la altura de una periodista que, además de escuchar el disco, se había leido la novela y hasta la historia de la exposición.
Entreverados, se pueden escuchar, los temas de Pasen y vean, La visita de la Muerte, La casita de papel y Yo no quiero más que ser feliz. En algunos ordenadores, no sé por qué,se escucha a menos revoluciones, lo cual convierte su audición en un doble ejercicio de tortura: escucharme a mí y, además, ralentizado. Si quieren escucharlo mejor acudan a esta página de radio 3. A los que se aventuren, que les sea leve.
Un día ella me preguntó como combatía el insomnio -sus preguntas eran siempre de este tipo-, y yo le contesté que el insomnio se combate durmiendo. Como se quedó callada me di cuenta de que quería decir algo -ella era tan misteriosa-, así que le devolví la pregunta. Con su habitual tono displicente me contestó que ella conciliaba el sueño pensando en Tom Waits.
Cuando vivía en Madrid, antes de conocerla, entraba en el sueño pensando que el aire era agua. Me ponía bocabajo, cerraba los ojos, y en un par de brazadas atravesaba las paredes como si de una ilusión holográfica se tratase. No sé por qué aquella sensación de liviandad acuática me calmaba y me permitía dormirme con rapidez. Entonces vivía en Madrid, en un cuarto piso sin ascensor.
Ahora vivo en un garaje y, en lugar de buceando, entro en el sueño volando. Me pongo bocabajo, cierro los ojos, y pienso que soy un gran pájaro suspendido en el aire: con las alas abiertas, mecido por la brisa, el sueño viene a mí como una nube luminosa.
Hace seis meses que no voy a Madrid, hace seis meses que no sé nada de ella. Siempre que escucho a Tom Waits la imagino durmiendo a mi lado. No paro de escuchar la canción You´re innocent when you dream.
Quisimos que fuese el último concierto del verano y fue el primero del otoño; fuera caía la lluvia. Con tres días de ensayo había bastado para montar un repertorio de 17 canciones, 11 de las cuales eran de los Desastres Naturales, el disco que habíamos grabado juntos y que se trataba de presentar en directo. El dinero era lo de menos, me habían dicho mis músicos cuando los convoqué, así que no me sentí como otras veces culpable cuando, al término del concierto, repartí lo poco que habíamos ganado: cincuenta euros por barba. Un cálculo rápido, sólo teniendo en cuenta las horas de ensayo, de prueba de sonido y del concierto en sí – sin contar, por supuesto, el tiempo empleado en componer, arreglar y grabar las canciones- nos da un resultado de 3´5 Euros la hora. No se me ocurre un trabajo que esté peor pagado y sin embargo cuente con tanta gente dispuesta a la labor. La música, esa esclavitud voluntaria.
Siempre que quedamos para ensayar mis músicos llegan con chistes sobre la profesión, esta vez el más dolorosamente divertido tuvo forma de pregunta y respuesta:
-¿Tú qué harías si te tocaran 100 millones de Euros?
-Yo, vivir de la música hasta que se me acabe el dinero.
Lo contamos también, a dos voces, en mitad del concierto, pero a los que no son del gremio no les hizo tanta gracia. Una amiga incluso me reprochó que me hiciera el gracioso. Me reprochó el chiste y la incitación al consumo: antes de la última canción traté de aclarar que, pese a los rumores que circulaban, no era verdad que El Hombre Delgado estuviera en contra de la sociedad de consumo; que como prueba de su entrega al sistema y atención a los impulsos consumistas del respetable, había traído un saco de libros-disco-catálogo de arte a un precio excepcional. Debe ser que no tengo dotes de tendero, al menos cuando se trata de mi producto, pues sólo me compraron un Libro-disco. Me había llevado una bolsa con treinta libros-disco-catálogo de arte y sólo había vendido uno. La vez anterior que tocamos allí, un año y medio antes, vendimos los quince ejemplares que nos habíamos llevado y hasta hubo gente que protestó por quedarse sin él. Esta vez, echémosle compasivamente la culpa a la crisis, me volví a casa, bajo la lluvia, cargando en una mano la guitarra y en la otra una bolsa grande de El Corte Inglés con 29 libros-disco-catálogo de arte que pesaban como si fuesen adoquines. De esta guisa, y con los cincuenta euros en el bolsillo, aterricé en casa de mi amiga que amablemente me deja dormir en su cama cuando paso por Madrid. A ella no le hizo gracia pero a mí sí y, hasta un momento antes de entrar en el sueño, me reía solo pensando en que haría yo si me tocaran 100 millones de euros.
Un cantante que no canta es como un astronauta encerrado en un sótano. El Hombre Delgado vuelve a entrar en órbita este jueves 9 de octubre a las 22:30 en La Boca del Lobo, Madrid. Por el módico precio de 10 eurípides podrán contemplar el espectáculo del escuálido cantante y su banda huracanada; nunca nadie dio tanto por tan poco. Nos vemos.
Son muchas las razones que me hacen admirar a Sam Shepard. Basta con leer la entradilla biográfica de la contraportada de uno de sus libros para darse cuenta de la altura del personaje: “Sam Shepard (Illinois, 1942) se ha convertido en un mito contemporáneo: polifacético como Boris Vian, legendario como Neal Cassady, amigo y colaborador de los Stones, Patti Smith y Bob Dylan, batería durante años de una orquesta de acid rock, actor en películas como Elegidos para la gloria y Días del cielo, coguionista de Zabriskie Point y Paris, Texas, casado con Jessica Lange… Y, como remate, autor, galardonado con el Pulitzer y el Obie, de más de cuarenta obras teatrales, por las que se le ha llamado el sucesor de Tennesse Williams. También ha escrito dos volúmenes de prosas y poemas, Crónicas de motel y Luna Halcón”.
Y vaya si escribe bien, una prosa afilada y rápida, formalizada en poemas y en fragmentos autobiográficos que saltan de la infancia a un rodaje, del paisaje al paisanaje, de la alucinación a la realidad más doméstica. Es además -como habrán visto en la foto de arriba- un tipo muy guapo y, a través de sus crónicas, uno no puede dejar de imaginárselo como un cowboy underground, la encarnación de lo mejor que ha dado América en los últimos cincuenta años. El poema que les traigo está sacado de Crónicas de motel, un libro imprescindible que sirvió a Wim Wenders como inspiración para su película de París, Texas: “El film que yo había querido hacer en los Estados Unidos estaba ahí, en ese lenguaje, esas palabras, esa emoción americana. No como un guión, sino como una atmósfera, un sentido de la observación, una suerte de verdad”.
Es un poema que retrata trágicamente la tensión entre la vida y la ficción, el campo y la ciudad, el anonimato y la fama. Dice así:
me encontré con la doble de la Estrella al abrirse hacia los lados las puertas del ascensor y yo salía y ella entraba a las cuatro de la madrugada y vi que estaba absolutamente pirada le pregunté que había tomado dijo 6 Valium y Vino Blanco porque hoy era el último día de rodaje y le pareció que había que celebrarlo jodiendo con algún tío del equipo y colocándose porque éste era su pueblo y ella iba a quedarse mientras nosotros nos íbamos y la tortura de no ser más que una doble dejada atrás en un pueblo en el que le dolía haber nacido estaba destrozándola ahora de verdad y eso hizo que volviera a avergonzarme de trabajar como actor en una película y provocar ilusiones tan estúpidas de modo que me la llevé a mi habitación sin planes respecto a su cuerpo y ella se sintió desesperadamente decepcionada intentó arrojarse por la ventana y le dije que no valía la pena no es más que una película estúpida no tan estúpida, dijo ella, como la vida
Algún día contaremos juntos nuestra historia. Mientras tanto bastará decir que nos quisimos a destiempo: ella me quiso primero, como quieren las mujeres enérgicas, apasionadamente, y yo la quise después, cuando ella ya sólo quería ser mi amiga. Se reirían mucho si me hubieran visto mendigándole un poco de cariño, elaborando alambicadas teorías sobre la amistad y el roce, sobre la libertad y el goce. Al final quedó una gran amistad, la confianza de haber vivido muchas cosas y saber que la aventura continúa; que quizás nuestro amor fue un experimento fallido y pasajero, pero que como amigos nos queremos para siempre. Suena, lo sé, a frasecita de carpeta de quinceañera y, sin embargo, no saben ustedes cuánta verdad encierra. Por el camino se fueron quedando un par de canciones que ya casi he olvidado y este poema que escribí -cuando yo sólo quería ser su amigo-, para tratar de convencerla de que el amor que ella sentía hacia mí era, en realidad, una invención; una proyección similar a la que hacemos cuando buscamos formas en las nubes. Ya entonces éramos muy amigos y el no estar de acuerdo en algo -en este caso el amor-, y nuestra natural tendencia al desparrame, nos hacía teorizar mucho buscando fórmulas y encajes imposibles. En fin, este poema con aires de reproche y aterrizaje forzado que, tan pronto lo lancé, no tardó en volver cual boomerang, a tirarme del caballo:
Tú no has estado en el paraíso y hablas de él como si fuera tu casa
En el jardín se secó el almendro como lágrimas secas fueron cayendo las hojas reclamando para sí el descubrimiento del fuego la extinción de los pájaros azules
Yo probé a cerrar los ojos por ver si así despertaba
Pero las nubes siguen siendo nubes y las estrellas no saben de astronomía
Leyendo la noticia del nuevo asesinato de ETA, volví a recordar a Battiato. Concretamente la estrofa que dice: es tan difícil seguir quieto, indiferente, mientras todo entorno hace ruido./ En esta época de locos nos faltaban los idiotas del horror./ He oído los disparos en una calle del centro,/cuántas estúpidas gallinas se pelean para nada. Así que días más tarde busco el video en Youtube, y me encuentro con él y los años ochenta. La estrofa en cuestión está ilustrada con una portada del News Letter: en titulares la muerte de una víctima del IRA en brazos de su mujer.
Nos relacionamos con la vida en términos narrativos. Sabemos lo que pasa y lo que nos pasa en la medida en que somos capaces de amoldar los sucesos al esquema de un cuento. El acontecer del mundo y la propia vida tienen un carácter abierto que nosotros acorralamos en historias con principio, nudo y desenlace; tejiendo una trama que satisface nuestra necesidad de control. Nos sentimos más seguros en el cuento que en la vida, porque la ficción nos da una ilusión de sentido del que la realidad carece.
En “Breve introducción a la teoría literaria” Jonathan Culler cita un perspicaz ejemplo de Frank Kermode, el autor de “El sentido de un final”, sobre hasta qué punto estructuramos narrativamente lo que nos rodea, en este caso el tiempo:
Frank Kermode advierte -escribe Culler- que cuando decimos que un reloj hace tictac estamos otorgando al ruido una estructura ficcional, que diferencia entre dos sonidos que, físicamente, son iguales, de modo que tic sea un principio y tac sea un final. “El tictac del reloj me parece ser un modelo de lo que llamamos trama, una estructuración que da forma al tiempo y así lo humaniza”.
Desde que leí ese párrafo, siempre que estoy cerca de un reloj aguzo el oído para asegurarme del indistinto sonido del segundero: Tic TicTicTicTicTicTicTicTicTicTicTicTicTic....
Yo la conocí en la voz de Serrat, una versión que venía en el doble disco en directo que mis padres tenían en casa. Supongo que ese sería el primer tango que escuché. En mi casa había también discos de Jorge Cafrune y de José Larralde, pero eso más que tangos eran milongas camperas, coplas de payadores perseguidos y cantos de denuncia. Sólo una vez estuve en Buenos Aires y el taxista que me recogió en el aeropuerto iba escuchando una casete de Larralde; decía que ese sí que cantaba las verdades, las cosas que pasan en este jodido mundo.
Los tangos eran más de mis abuelos que de mis padres, más de los años treinta que de los sesenta. Al parecer mi abuelo lo bailaba muy bien, y así conoció, durante la guerra, a mi abuela. Supongo que puedo decir -estas cosas cursis de rimar el origen a conveniencia-, que el que yo esté en este mundo es en parte gracias al tango, a esa “mitología de puñales”, como escribió Borges, a esa “canción de gesta [que] se ha perdido/ en sórdidas noticias policiales”. Más que esas definiciones del poeta, sin embargo, a mí me gusta la que dio Enrique Santos Discépolo: "el tango es un pensamiento triste que se baila". Me gusta pensar, suena bien, que mis abuelos se conocieron bailando pensamientos tristes. Discépolo también decía que "la tristeza es el corazón que piensa".
El tango Cambalache fue compuesto en el año 34 por Discépolo para la película “El alma del bandoneón”, protagonizada por Libertad Lamarque, cantante que llegaría a ser la novia de América, y que en aquellos años treinta era famosa en Argentina por lo que se llamó “ópera tanguera”, una suerte de híbrido entre el recitado y el tango. Quizás algunos recuerden de ella “Así era mi madre”, película que protagonizó en el 61 junto al sin par Joselito. Pero no nos desviemos del tema que nos ocupa, aquí la tienen con su Cambalache:
En el año 1935, se pudo escuchar por toda España este tema en boca de Ana Luciano, más conocida por Tania, española que emigró siete años antes a Buenos Aires donde conoció a Discépolo, al que acompañaría hasta su prematura muerte en 1951. De ella dice Antonio Pau, en su imprescindible “Música y poesía del tango”, que tenía “una alegría desbordante que trituraba la adversidad” y que “consiguió dar unos años de serenidad a la vida de Enrique Santos Discépolo. A ella le debemos el ambiente de paz que hizo posible algunos de los mejores tangos del siglo”. Bravo por Tania, bravo por las mujeres alegres que nos libran de las tormentas.
En su viaje por España, a los cinco días de llegar, conocieron a García Lorca, el cual les organizó un viaje a Toledo, ciudad en la que había nacido Tania. Por orden del señor alcalde ese día sonaron en la plaza de Zocodover el himno español y el argentino. El tango que más le gustaba a Lorca era "Esta noche me emborracho", tema con el que Discépolo se hizo famoso en el año 28 y que ya interpretaba Tania antes de conocerse. De hecho se conocieron porque a Discépolo le hablaron de una cupletista española que lo cantaba muy bien, y así que se fue a escucharla. Pues bien, estuvieron rodando por toda España su amor y sus tangos, y de aquí se fueron a Tánger y a Tetuán con la intención de regresar en el verano del 36. La guerra lo impidió, aunque sus tangos seguirían sonando por España, en plazas de pueblo y casinos como aquel en los que se conocieron mis abuelos.
Mi tango preferido es Cambalache, y no sólo porque fue el primero que escuché, sino porque me parece que es una canción que mantiene su actualidad y está escrita con una inteligencia que no admite réplica. Es algo más que una canción protesta -como las de José Larralde que le gustaba al taxista porteño-, es un alegato moral, existencialista, el pasmo ante un mundo en el que todo vale y en el que a nadie importa si naciste honrao. Un resumen de lo que ha sido el siglo XX y de lo que el XXI continúa siendo sin visos de mejorar. Hay quien lo ha citado como adelantada denuncia del posmodernismo, en cuanto a que señala 50 años antes la ruptura de jerarquías y valores que impera en el mundo cultural y político desde hace 30. Es la canción idónea, vaya, para echarle en cara a la legión de cínicos que nos rodea; si la vida fuera un musical, yo estaría todo el día cantándola.
Discépolo murió en el 51 y Tania le sobrevivió casi medio siglo cantando sus composiciones. En los sesenta, años en los que el tango atravesaba horas bajas –y mis padres se conocieron-, Tania se retiró a un pequeño local alquilado al que le puso el nombre de Cambalache. Durante la dictadura militar argentina supongo que se enteraría de que las autoridades competentes recomendaron la no difusión de aquel tango por la radio y la televisión.
La versión que les traigo es la del uruguayo Julio Sosa, el varón del tango, un cantante que devolvió al género el origen malevo y el desgarro provocador, salvándolo del estilo almibarado y melodramático de los imitadores de Gardel. Es una gran versión, espero que la disfruten tanto como yo:
Amigas y amigos, el 30 de julio, con ocasión de la salida de El Hombre Delgado y Los desastres naturales, fui entrevistado en radio3. Con este audio inauguro la sección Autobombo, en la que trataré de recoger las estrevistas y reseñas, habidas y por haber, en torno a mi persona y mis personajes. Buen provecho. (Para escuchar pulsen a continuación)
Si lo escuchan mal, ralentizado quizás,pueden acudir a la página de radio 3, pulsando aquí.
Entrecierro los ojos y a medio párpado intuyo, en el horizonte, el mar. Un mar con palmeras. Me he sentado en un banco que hay debajo de un pino. Corre la brisa y me acuerdo de otro atardecer, en el otoño de 1975, con Allen Ginsberg ofreciendo cual santón borracho sus enseñanzas meditativas al borde de un lago. Me echo a reír recordando a la banda de Bob Dylan en círculo –vicioso-, vibrando en un mantra improvisado. ¡Qué hermosa locura! Aquella gira de Dylan y la Rolling Thunder, todos pasadísimos, intentando rodar en paralelo una película que vista hoy resulta inaguantable pero que nos da una idea de lo bien que se lo pasaban, de aquella luminosa confusión.
Vuelvo a casa de noche y busco aquel atardecer. Lo encuentro en compañía de una carrera de Dylan por las calles, una cena, una partida de pin-ball... en fin, si supiera editar videos les pondría sólo los dos primeros minutos, con el vibrante atardecer y nada más. Con ustedes pues, un fragmento de “Renaldo y Clara” la peli de Bob Dylan, a la que prometo en una próxima entrada volver, de la mano de Sam Shepard. Feliz ocaso:
Le dije que vivía en un garaje con una estufa de leña y ella, vayan a saber por qué, se imaginó una casa en el lejano oeste. Sólo me había visto una vez y, es verdad, yo llevaba las botas llenas de fango. Llovía como hoy, un poco menos quizás, y yo había estado paseando por el parque del Retiro antes de llegar al bar donde un amigo común nos presentó. Hablamos del tiempo y no sé muy bien cómo le conté la historia de una yegua que me regalaron cuando tenía catorce años y vivía con mi madre en el campo, cerca de Sevilla. Era una yegua torda, bajita como un burro y con el lomo combado de haber soportado desde potrilla el peso de su anterior dueño. Entonces presumía, impermeable a la risa de los demás, de que la yegua era de pura raza árabe.
Salimos los dos del bar, después de despedirnos de nuestro amigo, ella con prisa por perderme de vista y yo dispuesto a llevarla al fin del mundo. Caminamos bajo la lluvia, estaba tan guapa con su paraguas violeta y su pelo erizado por la humedad, que a mí me daba igual estar mojándome mientras ella siguiera a mi lado. No paré de hablar de mi yegua, me parecía un buen tema, si mi memoria no me traiciona, ella en el bar me había comentado algo de que alguna vez asistió a clases de monta inglesa. Le conté que le pusimos de nombre Tacones, por el estilizado sonido de sus cascos al andar, pero que eso daba igual porque los caballos no son perros y no atienden cuando se les llama. Le conté también que nunca supe que pensaba de mí aquel animal y hasta me atreví a sugerir un paralelismo con lo misteriosas que me resultan algunas mujeres, concretamente las que me gustan. No se dio por aludida.
Todas las tardes –le seguí contando- ensillaba a mi yegua y me iba de paseo, a ver la puesta de sol; incluso algunas noches, pasaba de la motocicleta y me iba con Tacones hasta el pueblo, sin prestar atención a los paletos que se metían conmigo. Pensé que estaba empezando a resultar pesado, cuando ella me preguntó qué me decían los paletos. No sé, le contesté entusiasmado de haber atrapado su atención, y, queriendo verla reír, en forzado acento andaluz, grité en medio de la calle: ¡échale paja al borrico! Luego añadí sotto voce, que los de aquel pueblo eran así de brutos y les gustaba mucho gritar. No pareció hacerle gracia -ella era tan sofisticada-, y un silencio lleno de lluvia estuvo a punto de ahogarme.
Ahora que lo pienso, hubiera sido mejor dejarlo ahí, abandonarme a la corriente de agua sucia que corría por la calle y dejarme tragar por la alcantarilla. En fin, ajeno al peligro que se avecinaba, seguí diciendo tonterías: es cierto que Tacones era bajita y que yo ya había pegado el estirón y mis piernas, al montar, caían ridículamente hasta casi tocar…En ese momento, ella, dejándome con la palabra en la boca, levantó la mano y paró un taxi. Desde la ventanilla se despidió de mí: Hasta luego silvestre, vete a contarle tus aventuras rurales a otra.
El caso es que a los pocos días me encontré en mi buzón de correo electrónico un mensaje con la pregunta ¿cómo está ese poni? por asunto. Al abrirlo, una lacónica frase: Los que hablan mucho se quedan solos, con su rifle y con su poni. Y este video de youtube: