domingo, 24 de abril de 2011

Cómo se hace una canción. Este jueves Christina Rosenvinge, Julio de la Rosa, Le Voyeur Méndez y un servidor tratarán de desvelar el misterio.


Estimados amigos, queridas amigas: tengo el placer de invitaros al acto de presentación del taller de Escritura de Canciones.Será una clase abierta donde se tratará de responder a la pregunta de cómo se hace una canción. Para este fin contaré con la ayuda de Christina Rosenvinge, Julio de la Rosa y Miguel Marcos, que compartirán con el público su experiencia de años componiendo canciones.

Será este jueves 28 de abril, a las 20 horas, en el Hotel Kafka (Hortaleza, 104, Madrid).



El taller de Escritura de Canciones que presentamos con la clase abierta de este jueves, se realizará del 7 de mayo al 25 de junio, los sábados de 11 a 2 de la tarde. La finalidad del curso es la composición por parte del alumno de una canción. Mediante clases teóricas que se centrarán en el análisis de canciones en español y la realización de ejercicios prácticos, sentaremos las bases para la creación de canciones propias. No son necesarios conocimientos musicales, trabajaremos principalmente sobre las letras, sin descuidar su imbricación con la música.

El estudio de la métrica, del estilo, del tono literario y de la tonalidad musical, del sentido, de la interpretación y del contexto a través de los ejemplos que analizaremos, proporcionará al alumno herramientas técnicas y expresivas para crear su canción.

Este acercamiento teórico se apoyará también con nociones básicas de Etnomusicología referidas a la canción de consumo. Se trata de aprender a escuchar desde una perspectiva crítica, atendiendo tanto a la estrategia puramente creativa como a los usos y funciones que cumplen en nuestra vida las canciones, con el objetivo de intentar componerlas yendo más allá de los clichés.

El curso terminará con la grabación de la canción compuesta por el estudiante. Una grabación sencilla, la voz acompañada por un instrumento, que permita la objetivación de la canción, es decir, la posibilidad de que el estudiante pueda escuchar desde fuera el tema que ha compuesto y ser de esta forma más consciente de su labor creativa. Para esta grabación contaremos con la asistencia de Miguel Marcos, músico, productor y profesor de Armonía en el Hotel Kafka.

A lo largo del curso recibiremos tres visitas de cantantes-compositores: Christina Rosenvinge, Julio de la Rosa y Miguel Marcos (Le Voyeur Méndez) responderán a nuestras preguntas y nos explicarán cómo se hace una canción, a partir de un par de temas de su repertorio que interpretarán para la clase.


El Taller de Escritura de Canciones se impartirá:
Los sábados de 11:00 a 14:00 horas.
Desde el 7 de mayo al 25 de junio.
En el Hotel Kafka, C/ Hortaleza, 104 (antigua editorial de Pérez Galdós), Madrid.


Para más información sobre el curso pincha aquí.

Christina Rosenvinge, Julio de la Rosa y Le Voyeur Méndez.


Cuando conocí a Julio de la Rosa (Jerez, 1972), yo estaba grabando mi segundo disco en el estudio de su hermano Leo, en Jerez. A través de este me llegó una maqueta con cuatro o cinco temas del proyecto en solitario que estaba preparando tras la disolución de El Hombre Burbuja, el grupo que lideró entre 1995 y 2002. Escuché de manera obsesiva aquella maqueta, llena de arreglos luminosos producidos por el mismo Julio en su estudio casero. Cuando salió M.O.S.,el disco, la mitad de las canciones de la maqueta no estaban y la producción era sorprendentemente sobria: batería, guitarras electricas, bajo electrico, percusión y poco más. Lo que al principio me pareció raro, y hasta lamenté por el cariño que le había cogido a la maqueta, con el tiempo me pareció una muestra de insobornable talento artístico. En M.O.S. además está una de las mejores canciones de desamor que se han escrito en este pais en los últimos años, Braile (segunda parte) , con un estribillo lapidario: canción de amor en braile/ y a los ciegos suerte.
Como Julio de la Rosa ha grabado tres discos más, el último de los cuales La Herida Universal se publicó en el 2010. Ha participado también en el proyecto Fantasma#3 (Los amores ridículos, 2006) y ha grabado numerosas bandas sonoras para cine, teatro y televisión, entre las que destacan Siete vírgenes y After (Alberto Rodríguez) y Una palabra tuya (Ángeles González-Sinde). Como escritor ha publicado los libros Tanto rojo bajo los párpados y Diez años foca en un circo.

Pueden ver el video de Tan Amigos, de La Herida Universal, una canción que retrata bien los amores de baja intensidad de estos tiempos nebulosos, donde los amantes no hablan de amor y si lo hacen, aclaran enseguida que lo suyo en realidad es sólo una amistad, sin compromiso, sin riesgo, sin miedo, sin futuro y sin pensión.



Del mismo disco, Las camareras, una celebración de los amores fugaces, de los tropiezos a pie de barra buscando camarera con la que aterrizar, una defensa con un punto de ironía del caracter del enamoradizo impenitente. En realidad -el protagonista entra en escena con heridas aún abiertas de un amor que me hizo mal- la canción más que una celebración de los amores frívolos, la escucho como un monólogo del malherido rumiando mentalmente una salida del laberinto pasional que aún lo hiere,ensayando a su vez una posible conversación con el amor que fue, una conversación de esas clásicas de ruptura, llena de detalles lacerantes, en este caso encarnados en camareras que uno imagina voluptuosas.



A Christina Rosenvinge la conocí hace unos cuatro años y poco tiempo después compartimos un viaje con los señores moriarty y otros amigos a la 57 Bienal de Venecia. La artista Sophie Calle había reunido en el proyecto que presentaba en el pabellón francés a 107 mujeres leyendo una carta de ruptura que un tal G. le había mandado para dar por terminada la relación amorosa que mantenía con Sophie. De esta obra ya me ocupé, en un post pasado.

En fin, Christina era una de esas 107 mujeres; en la foto Sophie la retrató en el bar del teatro Odeón parisino y en el video la grabó cantando una versión de la mencionada carta, en aquel patio de butacas de terciopelo rojo.
Christina entonces estaba componiendo canciones para su vuelta discográfica en español, después de una trilogía en inglés en la que contó con el apoyo de los músicos de Sonic Youth. Antes de Tu labio superior, el disco en solitario, sacó un Ep de siete canciones con Nacho Vegas. Un verano fatal, se llamó la criatura, de la que os dejo una nana, No lloro por tí, donde la nostalgia del paraiso (complejo de Edipo, lo llamó Freud)se conjuga con un sentimiento de ruptura en el susurro de una justificación por las lágrimas caídas que querrían ser por otra cosa, por ti desde luego, no:



Pocos cantantes pueden presumir tras 15 discos grabados de vivir su mejor momento artístico. De hecho, no creo que haya alguien como Christina en el panorama nacional, con una trayectoria que arranca con éxito de masas en los ochenta, continúa en los noventa en solitario, en el 2001 da un giro neoyorkino en tres discos, para en su última etapa volver al español con dos discos (además de aquel Verano fatal), Tu labio superior (2009) y La joven Dolores (2011) y ganarse la aceptación de crítica y público en España y Sudamérica.

De Tu labio superior, os dejo La distancia adecuada:



De La joven Dolores, Mi vida bajo el agua:



A Miguel Marcos, le conocí cuando propuse este curso de escritura de canciones en el Hotel Kafka, donde él da clases de armonía, composición y arreglos. Acaba de sacar su proyecto Le Voyeur Méndez, de la estirpe de un Tom Waits o de un Vinicio Capossela. Vestido de su personaje se le puede ver los domingos finales de cada mes en la sala Taboo, acompañado por otros músicos en un espectáculo loco y enérgico. Es joven pero ha hecho muchas cosas y ha tocado con mucha gente, un tipo activo donde los haya que se encargará de grabar las canciones de los estudiantes que asistan al curso. Aquí les dejo, El infierno, single promocional de su proyecto erótico-místico-bizarro-y-ambulante:

El Infierno

Ellos tres estarán este jueves 28 conmigo, a las ocho de la tarde, presentando el curso de escritura de canciones en el Hotel Kafka. Os esperamos, sois todos bienvenidos.

sábado, 16 de abril de 2011

Gran disputa: el Madrid y el Barça contra El Estado Mental



El miércoles 27 es la noche de los libros y la tarde de la Champions. A un lado de la Castellana el Bernabeu y al otro, en Comandante Zorita, 48, Ivorypress, la galería y librería de arte donde Antonio Rodríguez de las Heras, Borja Casani, Amador Fernández-Savater y un servidor tendrán una conversación sobre la revista El Estado Mental. El título del encuentro es “el futuro es curvo”, una frase sacada de la entrevista que le hicimos a Rodríguez de las Heras.

El azar que ha propiciado la coincidencia puede verse como un infortunio: contando con que no a todo el mundo le gusta el futbol, ¿qué despistado de esa minoría silenciosa se acercará a las ocho de la tarde, tres cuartos de hora antes de que comience el partido, por las ruidosas y masificadas inmediaciones del campo, para oír una conversación sobre una revista cultural?

La disputa futbolera no ha hecho más que subrayar el carácter pirotécnico de estos macroeventos culturales de noches en blanco con las que las autoridades gobernantes parecen agotar su estrategia cultural. Lejos de la imagen del hombre sabio en la soledad sonora de sus lecturas, la noche de los libros configura un ruidoso rebaño de turistas ramoneando por los prestigiosos predios de la cultura, o mejor dicho de su simulacro espectacular. De ese ocio gregario poco se puede esperar, más allá del dolor de pies y algún momento de distracción. Hay por supuesto muchas cosas interesantes, pero su carácter industrial, de fabricación a gran escala, desvirtúa inevitablemente la propuesta, convirtiendo en previsible el producto que se ofrece. Lo digo yo, que he participado ya en tres de estas noches insomnes, feliz de me llamaran y que me pagaran – ¡El Hombre Delgado se vende barato!-, y que, sin embargo, siempre he pensado que la política cultural tendría que ir en sentido contrario a estos macrobotellones culturales. Como predicaba Friedrich Schumacher, lo pequeño es hermoso, un axioma que deberían tatuarse en la frente esos políticos de gustos faraónicos que gobiernan esta ciudad.

Y claro, puestos a competir en muchedumbres, el futbol en general -y un Madrid-Barça en particular- gana por goleada. No se podía saber con antelación (el futuro es curvo) pero cuando se supo la coincidencia, en la misma presentación de la Noche de los Libros, la presidenta Aguirre, con su natural gracejo, propuso posponer la cita al día siguiente; la cita de los libros, se entiende. Al final, como un pulso de antemano perdido –la maquinaria puesta en marcha no puede parar-, se mantiene la fecha del miércoles 27. Y a mí, de pronto, me parece que la cosa tiene más sentido, que la tarde en Ivorypress se presenta imprevisible y mucho más interesante de lo que pintaba en un principio, cuando nada se sabía del partido.

La obra que encabeza estos párrafos, En juego, de Eugenio Ampudia, aunque está realizada en el 2006 viene como anillo al dedo para ilustrar este post. Noten hasta que punto el encaje resulta sorprendentemente ajustado, fíjense en el increíble parecido del libro pateado con nuestra revista, El Estado Mental: las hechuras, el lomo negro y hasta el rosa del título de la portada parece ser el mismo…



P.D.: y lo dicho, si alguien se quiere pasar el miércoles 27 por Ivorypress, allí estaremos, a las ocho en punto de la tarde.

jueves, 7 de abril de 2011

Antonio Rodríguez de las Heras en el Boomeran(g)


Acaban de publicar en El Boomeran(g) la entrevista que le hice a Antonio Rodríguez de las Heras, catedrático de Historia Contemporánea de la Carlos 3 al que tuve la suerte de tener como profesor en el doctorado. El curso se llamaba Humanismo y Nuevas Tecnologías y el hilo conductor era la evolución del libro, de las tabletas de arcilla al soporte digital. Antonio había sido el decano de mi facultad de Humanidades, un cargo que llevó con elegancia y buen hacer, incluso en situaciones incómodas como cuando lo convocábamos desde la asamblea de estudiantes para exigirle reformas urgentes. Ya saben, la juventud siempre con prisas.

Años después de licenciarme me metí en el Doctorado de Humanidades y, de rebote, acabé en su curso. Antonio hablaba del libro como una máquina de memoria exenta, del hombre de hoy como el hombre protético, de internet como una prótesis que amplifica el cerebro humano, de las nuevas tecnologías como palanca de Arquímedes con las que cambiar y mover el mundo, de recuperar el viejo arte de la memoria y su organización espacial de la información, del hipertexto como papirola… Yo no daba crédito, un historiador capaz de aunar en un discurso el humanismo y la cibernética con un lenguaje claro y poético, lleno de metáforas ajustadas a una construcción intelectual con la que ordenaba el mundo presente y el porvenir. Para Antonio el Humanismo consiste en centrar al hombre en sus medios, un objetivo que puede resultar extraño desde una visión cultural más tradicional y suspicaz con todo lo que suene tecnológico, pero, si dejamos a un lado nuestros prejuicios contra las máquinas y nuestros apegos fetichistas, nada resulta más natural que la preocupación por el ser humano pase por los medios que lo hacen, precisamente, ser lo que es. El humano, ese ser híbrido continuamente transformado por los artefactos que crea.

Antonio lleva años de ventaja y reflexión sobre el tema, pues desde 1975 está estudiando las transformaciones socioculturales que producen las nuevas tecnologías. Su libro Navegar por la información (1990) fue un ensayo absolutamente pionero que introdujo en España, cuando aún no sabíamos ni lo que era el correo electrónico, una aguda reflexión sobre la revolución digital que todavía hoy sigue vigente. Es también autor de libros electrónicos en los que aprovecha las posibilidades hipertextuales y multimedia del nuevo soporte, como en su brillante y sorprendente ensayo, Los estilitas de la sociedad tecnológica. Los que estén interesados en El futuro del libro y el libro del futuro, no dejen de leer una conversación entre Antonio y Roger Chartier, donde se resume muy bien los pros y los contras del libro que viene, lo que se pierde y lo que se gana.

Cuando comenzamos la aventura de la revista El Estado Mental, en las conversaciones previas en las que hablábamos y hablábamos sobre este presente confuso y en crisis, a menudo me escuchaba repitiendo las ideas de Antonio. Fue al primero que entrevistamos para la revista. Lo citamos en la galería Moriarty, estaban Borja Casani, José Luis Gallero, Adam Jorquera e Iker Seisdedos. Yo me había vuelto a leer con placer sus e-textos y había preparado una batería de preguntas con el objetivo de que quedaran resumidas las ideas de Antonio que tanto me habían servido, a mí y a muchos de sus alumnos, para entender los desafíos de esta sociedad tecnológica. Dos horas duró la entrevista, José Luis y Borja metieron baza, y Antonio nos respondió en todo momento con una claridad y concisión deslumbrantes. Al transcribir sus palabras me volvió a sorprender lo bien armado que tiene su discurso, si una entrevista es la versión de una conversación por parte del periodista, en este caso, apenas hubo margen para la interpretación, y las intervenciones de Antonio, salvo en un par de añadidos que le pedí por escrito, constan como fueron dichas aquella mañana en el despacho trasero de la galería Moriarty. Disfruten pinchando aquí.

lunes, 4 de abril de 2011

El Pasmo de Triana y su cuadrilla. Y al garrotín, al garrotán.


Ayer hablé de los sevillanos y cite a Belmonte, el Pasmo de Triana, como ejemplo heterodoxo, genio y figura, en contraposición al estereotipo chato del sevillano de pro. De la excelente biografía Juan Belmonte, Matador de toros, escrita por Manuel Chaves Nogales entresaco esta cita que refleja muy bien el temple sentimental de los sevillanos respecto a su ciudad. Resulta que el torero se encontraba en tierras venezolanas, después de meses recorriendo con éxito las plazas de América, y su cuadrilla andaba tristona por la morriña:

“Mi cuadrilla se pasaba las horas muertas mirando al mar y pensando en Sevilla.
-¿Qué hora es?- preguntaba uno.
-Por la catedral, son las siete menos cinco-replicaba otro.
-Las siete y diez por la plaza Nueva- corroboraba el tercero.

Porque los sevillanos que iban conmigo se obstinaban en llevar sus relojes por el horario de Sevilla, que era el bueno, según ellos. En todo el mundo no había hora más cierta que la del reloj del Ayuntamiento de Sevilla o la que cantaban las campanas de la giralda que, azuzando el oído, se hacían la ilusión de escuchar a lo lejos.

-¡Las siete! Ya hay pescado frito en la Europa –recordaba alguno.
-Las aceituneras y las corchotaponeras han salido ya de las fábricas. Pronto estará llena de mocitas la Alameda.
-¡Aquéllas si que son mujeres!
-¡Cómo estará a estas horas el Altozano!
-¿Te acuerdas de las medias cañas de Valbanera?
-¿Y de los “sordaos de Pavía” del Postigo?
¡Ay, mi Triana!
-¡Ay, mi Sevilla!

Y terminaban llorando, o poco menos.”

Y hasta ahí Belmonte y su cuadrilla tristona y aquella Sevilla de antes de la guerra. Les dejo con una canción mítica que forma parte del ADN de la heterodoxia sevillana, andaluza y universal, hermoso ejemplo de bastardía musical: El Garrotín de los Smash, su mayor éxito, publicado en 1971. Y con esto prometo no volver a escribir sobre Sevilla en un tiempo largo.

domingo, 3 de abril de 2011

Eso es así. Trilogía Sevillana.


Al trazar el estereotipo del sevillano a menudo se olvida su característica más saludable: el sentido del humor sobre sí mismo. Capillitas, falsos, superficiales, altaneros, sobrados de la vida, chistosos y holgazanes… sin embargo, es esa capacidad de reírse de uno mismo lo que libera a los sevillanos, a ellos y a los que los soportan, de estar cargando en eterna procesión con su máscara chauvinista; es esa la grieta que permite relativizar su naturaleza esencial, la de creerse habitantes de la ciudad más bonita del mundo y ser depositarios del salero. Es cierto que el amor patológico hacia la patria chica es una enfermedad común y que se cura viajando, pero al sevillano de pro le cuesta ir más allá de Matalascañas y del Rocío y si, en un arranque de valentía y de curiosidad, le da por ir a Madrid no tardará en volver desencantado, diciendo de la capital que aquello es muy grande, que la cerveza además de cara no es Cruzcampo, por no hablar de esa bárbara costumbre de tirar las cañas con dos dedos de espuma.

En una ocasión vinieron a verme a Madrid dos de mis mejores amigos, aunque por ser más precisos, vinieron a ver al Betis, que por estar penalizado no podía jugar en su campo un partido de liga contra el Mallorca. Yo estaba entonces con una novia japonesa con la que me entendía (es un decir) en inglés, y a la que mareaba con paseos turísticos por iglesias y bares, en un intento vano de paliar nuestros problemas comunicativos. Así que nos fuimos los cuatro a ver al Betis al estadio del Calderón. Los seguidores del Betis superaban con creces a los pocos despistados del Mallorca. Mi novia japonesa no paraba de reír rodeada del fervor sevillano de palmas y estridentes bocinazos que metía la afición antes de que empezase el partido. Cuando salieron los jugadores a calentar no pararon de aplaudir, durante diez minutos, sin decaer, mientras sonaban los anuncios por los altavoces: “el mejor cocedero de mariscos de Sevilla, carretera de Santiponce kilómetro cinco”… Porque todos los anuncios que sonaron aqeulla tarde en el Calderón eran de negocios sevillanos. En la presentación de los equipos, si en el caso del Mallorca fue una enumeración escueta y formularia, con el Betis el ritual incluía una grabación sobrestimulada de aplausos enlatados que iba rimando el nombre de cada jugador con alguna de sus supuestas virtudes: “Con la finta y el esprín: Joaquín”, “El portero está asustaó, saca la falta Assunçao” y así, por chistosos pareados, la plantilla completa. Menos mal que uno de mis amigos sabía de verdad inglés y pudo explicarle a mi novia japonesa algo de aquella ceremonia disparatada, un ejemplo más que prueba, fuera de casa, el apego del sevillano a su identidad.

Soy de la opinión de que el andaluz trasplantado mejora, como decía Antonio Machado; pero si me preguntan aviesamente por el estereotipo del sevillano, suelo responder con orgullo, contraponiendo a esa visión chata y estereotipada, la figura del sevillano heterodoxo como marca de distinción con la misma denominación de origen, ya saben, esas figuras impares y geniales que desde un Belmonte a un Silvio Melgarejo o a un Nazario o a un Kiko Veneno, certifican la existencia de otra Sevilla más allá de las sevillanas y de la Feria de Abril, otra manera al menos de vivir esa realidad. En cualquier caso es común al temple hispalense la sana virtud de reírse de uno mismo.

Vean si no -ahora que viene la Semana Santa y después la Feria- esta Trilogía Sevillana, donde unos manguis, unos pijos y unos alternativos, interpretados por una pareja de actores dan vida a tres maneras distintas y a la vez muy parecidas de ser sevillano, con sus contradicciones, sus idas de olla y su visión distorsionada del mundo visto desde su ombligo. A mí me hace mucha gracia este retrato, aunque es posible que la diversión pase por el autorreconocimiento y no sea transferible fuera de las fronteras andaluzas. Si eso es así (y los pimientos asao) los millones de visitas a estos cortometrajes serían una demostración más de que el sevillano sabe al menos reírse de sí mismo.







Y después del éxito buscan quien les produzca el largo "El mundo es nuestro", del que avanzan el tráiler. Fíjense en el detalle: no han hecho la película pero sí el tráiler.

miércoles, 16 de marzo de 2011

¿Fidel Naranja? Entre el equívoco y el abandono


La adolescencia la pasé en el campo. Una finca de agricultura ecológica con 550 naranjos a dos kilómetros de Coria del Río. Desde los 14 a los 18 años viví en aquella casa con techo de madera y un suelo que en invierno rezumaba humedad. Teníamos una alberca enorme con la que regábamos la finca y el huerto, y en la que nos bañábamos desnudos. El agua, siempre nueva, salía de un pozo perforado a treinta metros. Está fría pero está viva, decíamos antes de sumergirnos o ponernos directamente bajo el chorro helado.

Mi madre y el marido me compraron una yegua a la que pusimos de nombre Tacones por el ruido que hacían sus cascos al paso. Por aquellos años, El Último de la Fila cantaba lo de Como un burro amarrado en la puerta del baile, y yo, muchas noches de verano, al impulso de otras melodías, salía por el pueblo de Coria montado en mi yegua. Algunos paisanos me increpaban, ¡Quillo échale paja al borrico! porque la yegua era bajita y a mí me colgaban las piernas hasta casi tocar el suelo: la estampa del llanero solitario, pero paseando por el Callejón del Gato. Han pasado dieciséis años y, aunque no he vuelto a montar a caballo, guardo intacta en la memoria la sensación física de libertad que experimentaba al ascender un cerro al galope y encontrarme con el sol atardeciendo.

De todas las historias que yo pueda contar sobre mi vida, la de mi adolescencia jipi es la que más curiosidad despierta. Supongo que porque la naturaleza humana está infectada de melancolía y la posibilidad de una isla como aquella encarna el retorno al paraíso perdido, donde con alzar la mano se halla el fruto. La nostalgia del urbanita se recrea en el sabor auténtico de una zanahoria, en el autóctono de un tomate o en el perfume sinestésico del azahar cuando llega la primavera. Por no hablar del sabor de una naranja que ha madurado en un árbol a tres kilómetros del Guadalquivir, nada que ver con esas que saben a moho y pólvora fallera.

La adolescencia está llena de ritos iniciáticos -voy a hablar de drogas, sí, pero sólo un detalle, un detalle compartido por muy pocos-.Mis amigos y yo mantenemos asociada la experiencia iniciática de nuestros primeros porros con el sabor de las naranjas de aquella finca, con el taconeo de mi yegua y con un arroz macrobiótico con cebolleta, zanahoria y tofu. Luego llegábamos al pueblo y nos gastábamos la paga en Donuts, caracolas y demás bollería industrial, para saciar nuestra porreril demanda de glucosa. Pero mientras permanecíamos en aquella isla de árboles, el colocón se alargaba en una dulzura refrescante de naranjas.

Años después de que mi madre vendiera la finca y se fuera a vivir, sin marido, a un cómodo adosado, una novia que tuve, cuando yo trataba de explicarle que nuestra vida anterior en el campo no era exactamente jipi, si no otra cosa, burgueses de extravíos utópicos, pero burgueses al fin, ella me decía:

-Mi amor, los que hacen saunas en un tipi, con piedras calentadas en un fuego de leños y golpeadas con ramas de eucalipto mojadas, los que en familia y con invitados se embadurnan de arcilla y se ponen al sol… son jipis. ¿Quién con catorce años, en un instituto de un pueblo perdido, se lleva para desayunar un bocadillo de pan integral con seitan?

Mi resistencia era contra las ideas preestablecidas sobre los jipis; me negaba a catalogar una memoria viva con una etiqueta convencional y reductora. Por otro lado, la tragicomedia humana, pensaba y pienso, se reproduce en contextos muy diferentes y un cambio de decorado no cambia demasiado la trama. Todos los aspectos memorables de aquella juventud tienen también su reverso. Y esa luz y esa sombra requieren para su relato otro espacio distinto a la conversación improvisada. Tampoco este blog moribundo es su sitio. Bastará decir por hoy que en el paraíso no hay agua caliente.

En cualquier caso, guardo un recuerdo luminoso de aquella vida pasada, y, como he tratado de explicar en el extenso prólogo que les he soltado, una naranja para mí es algo más que para el común de los mortales. Así que, cuando me abrí mi primera cuenta de correo electrónico, usé como contraseña personal la primera palabra que me vino a la mente, que no era otra que naranja. Con ella vine funcionando en varias cuentas, hasta que, al abrirme la que hoy utilizo, naranja se convirtió involuntariamente en mi apellido. Puse naranja como contraseña y apareció como mi apellido. Algo hice mal y mis correos, desde hace tres años, aparecen en la bandeja de mis destinatarios presentados por ese nombre imposible y malsonante de Fidel Naranja. He intentado en vano, y hasta con la ayuda de algún amigo, corregir la errata, pero no consigo arreglarlo. No sé cuantas veces he tenido que dar explicaciones sobre el asunto y tampoco sé (uno sabe tan poco sobre uno mismo), por qué no me he cambiado de correo todavía, con todas las explicaciones que tengo que dar para que no confundan mi apellido.

El último equívoco me ha hecho recordar toda esta historia. Resulta que una entrevista que le hice a Daniel Raventós sobre la Renta Básica para la revista El Estado Mental, se ha publicado en internet en la página de la Red Renta Básica y en la de ATTC España y rápidamente a migrado de web en web y de blog en blog. Aparece firmado por mi nombre, sí, pero apellidado Naranja. Pienso en los fenómenos de identidad y en la simulación de estos tiempos en los que el escaparate personal ocupa esquinas virtuales; como cantaba Battiato, Quién soy yo, dónde estoy cuando estoy fuera de mí, de dónde vengo, dime dónde voy... Pienso también en la Renta Básica y en cómo repoblaría de jipis nuestras campiñas, aunque nunca serían demasiados porque pocos son los que en estos tiempos fríos renuncian al agua caliente… Pienso en que no estaría mal mandar el artículo que escribimos a cuatro manos, Fernando Casani y yo, a las web que han replicado la entrevista, al fin y al cabo esta cerraba un texto donde se explicaban las razones del Derecho a la Existencia, sin lo cual las preguntas a Raventós se quedan algo descolgadas… Aunque pienso también que es un orgullo ver rebotado por la web una entrevista que a lo único a lo que aspiraba es a ser útil… Pienso, vuelvo a pensar, que Naranja es un apellido horrible, que como contraseña, en la intimidad de mis candados, no estaba mal pero que como apellido público es pesado: me recuerda inevitablemente mi torpeza con la tecnología, mi pereza, mi adolescencia jipi. Mister Mandarina o incluso Señor Naranja, tienen un pase cómico, pero ¿Fidel Naranja?... Pienso que, sin más dilación, tendré de cambiar de cuenta de correos…Pienso y me río, porque seguramente no haré nada y seguiré viviendo, como quien no quiere la cosa, en el equívoco y el abandono.

viernes, 4 de marzo de 2011

El Estado Mental ya está en la calle


Amigos, rompo mi silencio en este espacio después de dos años de ausencia. No podía ser de otra forma, El Estado Mental ya está en la calle y su título es inequívoco: Tenemos Que Hablar.

"Una acción artística en formato de revista física que tiene como objetivo la revisión apacible del espíritu de la época", una aventura que nos ha tenido entretenidos más de año y medio.

Son más de 300 páginas sin publicidad, lo cual en el mundo en que vivimos es un auténtico descanso para los ojos: análisis, entrevistas, proyectos artísticos, cuentos, conversaciones, propuestas varias, cómic, una fotonovela, un manifiesto y otros experimentos. En formato físico, sí, reivindicando el papel del papel en la época digital, y no por afán neoludita sino porque creemos que de haber sido una revista en red tendríamos que haberlo hecho de otra manera muy distinta, para la que no estamos aún preparados. Así que una revista en papel, y con artículos largos, en fin, un elogio a la lentitud en estos tiempos descuadernados y veloces.

Si pasan por un quiosco y deciden comprarla tengan cuidado, la portada da calambre. Los que prefieran esperar en casa al cartero, que siempre llama dos veces, sólo tienen que encargarla a través de esta web.
Los amantes de la radio, aquí tienen una conversación entre este servidor y otros ilustres colaboradores del proyecto: la sin par Coral Herrera, conocida en el mundo entero como Doctora Amor, Marcos Giralt Torrente, un escritor al que admiro y cuya última novela Tiempo de vida es de lo mejor que he leído este año pasado, Julián Rodríguez, que además de ser un gran escritor es el editor de Periférica, y Lara López, directora de Radio 3 que insistió en hablar de la revista y nos dedicó su programa entero.

Músicas posibles - El estado mental: Tenemos que hablar - 05/02/11

miércoles, 11 de febrero de 2009

Con un corazón artificial la vida es un musical


Para los corazones salvajes, para los corazones cansados de latir, para los pobres corazones infartados, he aquí la solución: un corazón artificial, orgánico para mayor compatibilidad y menores rechazos.

¿Su corazón está en riesgo? No lo piense más, en estos tiempos en los que el amor es un desastre cruelmente intermitente, nada más práctico y saludable que un corazón artificial. No deje pasar San Valentín sin adquirir uno. Ellos, tan salvajes, lo probaron, y volvió el amor para toda la vida:


Porque con un corazón artificial, la vida es un musical. Así que ya lo sabe, si quieren su happy end, corazones artificiales a tutti plen.

martes, 27 de enero de 2009

Mujeres, lavadoras y anuncios electrodomésticos.


Coral estaba estudiando la representación de los géneros en la televisión. Un día le preguntó a su abuela qué invento había sido más importante para ella. Para su sorpresa –Coral esperaba que le dijera que la televisión- su abuela contestó que la lavadora.

La popularización de la lavadora automática se empieza a producir en Europa después de la segunda guerra mundial, pero en España no fue hasta bien entrados los años 60, con el desarrollo económico, cuando se empezaron a ver en las cocinas y en los patinillos patrios. ¡Cuánta ropa debió de lavar a mano la abuela para citar a la lavadora como el invento más importante en su vida!

Luego llegaron los chistes electrodomésticos y los anuncios de la tele. Los dos con el aroma machista de la época. Un chiste: ¿en qué se parece una mujer a una lavadora? en que le echas unos polvos y te lava la ropa. (Advertencia al lector: no tienen por qué reírse, la inclusión de este chascarrillo en el post atiende a un interés puramente socio-simbólico, es decir, ilustrativo de la imagen de la mujer vinculada al electrodoméstico). Aunque este chiste es posible que fuera posterior, lo que está claro es que no podía ser anterior a la invención de la lavadora.

Y ahora un poco de publicidad; vean, vean, cómo se representaban los roles sexuales en la televisión de los sesenta. ¡Qué contentas se ponen con sus cocinitas Corcho!, con su lavadora Invicta traída en helicóptero y su horno que se limpia solo, de la marca Edesa. Qué tranquilas se quedan con Cointra. Qué desafío al conformismo, con la superautomática zanussi. Miren, miren -ahora que se va, marginado por el gas ciudad- la llegada del butano a los campos más lejanos, allí donde no llega la corriente:

sábado, 17 de enero de 2009

Yo es otro. Un rápido atardecer en la laguna artificial.

Es invierno y atardece en la laguna artificial. Apenas una charca formada por las últimas lluvias cubre el extremo del oeste. Por un momento celebro que la obra se haya quedado a medio hacer, que no hayan llenado la laguna de agua y aquello parezca un jardín zen de guijarros lavados. Ando sobre ese fondo, al rumor de las piedras pisadas, y me acerco al borde de la charca buscando una foto.

Heráclito y el curso del tiempo cambiando el mundo a cada instante, impidiendo que el mismo hombre se bañe dos veces en el mismo río; y sobre todo Borges y su cuento El Otro. Al reflejo del agua de aquella charca se asoma el cielo atardeciendo, los árboles, la estela de un avión y el recuerdo de un cuento de Borges. Es un charco insignificante pero si me agacho y disparo –en el instante decisivo, como pedía Cartier Bresson- puedo conseguir una imagen que haga temblar el misterio.

El Borges viejo, a la orillas del río Charles, en Cambrige, se encuentra a sí mismo 50 años antes a orillas del Ródano, en Ginebra, y no se reconoce. El juego del doble en este cuento de El Otro está pasado por el agua del río de Heráclito: el viejo poco tiene que ver con el joven, apenas comparten el nombre y el miedo de haberse encontrado. El sol se va rápidamente en la charca artificial. Lo último que le dice el Borges viejo a su joven alter ego es que se va quedar ciego “Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano.” Un lento atardecer de verano; ahora es invierno y el sol ha desaparecido en apenas unos minutos. Sigo haciendo fotos, pensando en invertir la imagen para crear confusión: que el cielo, los árboles y la estela del avión sean descubierto por las piedras del borde como una ilusión espejada. Consigo la imagen que encabeza este post y cuando trato de repetir el tiro de gracia, el disparo que remate la foto definitiva y atrape el misterio, un palo y un perro se cruzan enturbiando las aguas.Me río, qué remedio, al ver escapar el instante decisivo en la boca de ese perro. Me vuelvo a reír, porque reír es un mecanismo de defensa y ese perro es un bodeguero andaluz, idéntico a otra perra que -allá lejos, tiempo atrás- paseé por otros parques. La farsa de mi vida actualizando los clásicos: Heráclito y Borges reflejados en el río, y yo y una perra en una charca de una laguna artificial. En cualquier caso, como decía Rimbaud, “yo es otro”.

Estrambote: “… Santa Lucía, abogada de la vista. Concédenos Señora, mientras dure nuestro paso por este valle de lágrimas y mudanzas, el privilegio de seguir mirando.” (Palabras finales de Carmen Martín Gaite en Usos amorosos de la posguerra española).

miércoles, 14 de enero de 2009

El teléfono comunica. Y un poema.


La revolución de los transportes y de las telecomunicaciones en el siglo XX relativizó las distancias entre los habitantes del planeta, hasta el punto de hacer posibles los amores telefónicos a distancia, una variable tan común hoy en día que cuesta pensar en el amor antes del invento de Graham Bell.

“Los drogadictos del progreso están dispuestos a pagar más por menos”, escribió Ivan Illich en su apuesta por una tecnología convivencial, un progreso que no fuera ni a pie ni en automóvil, sino en bicicleta. Según Illich, al franquear un determinado umbral, el progreso se vuelve contraproducente, se pasa de rosca. No hay más que fijarse en un atasco para darle la razón cuando decía que “el automóvil obstruye la circulación”. O pensar en el teléfono móvil, y su despliegue de ansiedades y controles varios, que tanto nos ha cambiado la vida, en tan poco tiempo.

En fin, el teléfono fijo tenía su encanto, pero ¿y el teléfono móvil? Supongo que no hay marcha atrás, el mundo es el que es y resulta improcedente preguntarse si los teléfonos ayudan o dificultan la comunicación. Si me preguntan a mí, contestaré con esa hermosa y equívoca frase en español, reversible como un guante, que no se sabe si dice lo que dice o lo contrario: el teléfono comunica.
Y ahora que ya no espero sus llamadas -que el amor es ya el recuerdo-, aquí el poema:

La llamada

Algún día el teléfono dejará de sonar
y tú seguirás hablando sola

Hay tanta locura escondida
en la raya de un pantalón,
en el fondo de los jarrones y las cajas
inútiles que decoran tu casa

Si vivieras aquí, si yo estuviera allí,
si la distancia fuera algo más
que un pretexto para llenar el aire
de palabras huecas

Llamar a las cosas por su nombre:
unos zapatos son unos zapatos,
un beso es un beso,
una resaca es una resaca,
una mujer es una mujer
y pagar por algo más de lo que vale
es buscarse la ruina

El mundo está lleno de hombres miserables
dispuestos a invertir en ti
sus últimas monedas

Yo siempre tuve, ya lo sabes, los bolsillos vacíos,
el pantalón arrugado y la nostalgia adelantada
del que sabe que está de paso

Los dos sabíamos algo, no mucho,
lo suficiente para no ser felices

Algún día escucharé tu nombre, sí,
y pensaré en aquella mujer que
no paraba de hablar por teléfono

Recordaré los zapatos, los besos,
la resaca interminable y la ruina,
las cajitas inútiles y los jarrones,
la distancia y mis bolsillos vacíos

También este poema
escrito mientras espero
junto al teléfono
tu llamada.

lunes, 12 de enero de 2009

Philippe Petit bailando sobre el abismo

Con suerte, la película Man on Wire nos permite disfrutar en español de la publicación de alguno de los libros de Philippe Petit. Me explico, Philippe es el hombre de la foto, el funámbulo que entre otras proezas, hermosas y delictivas, cruzó en el verano del 74 la distancia que separaba las Torres Gemelas. Los lectores de Paul Auster, al menos los de sus Experimentos con la verdad, habrán podido imaginar la figura menuda de Petit recortada contra el cielo en el prólogo que le escribió a su Traité de funambulisme, traducido al inglés como On the high wire. No sé ustedes pero a mí me intriga lo que pueda decir el más famoso equilibrista del mundo, lo que pueda decir él mismo sin intermediación cinematográfica, sin esos subrayados musicales subyugantes que salen en este tráiler y que afean con frenesí de videoclip la limpia estampa del equilibrista sobre el vacío:



La figura del funámbulo ha sido tan saqueada por poetas y artistas varios que ya es hora de que sean ellos los que hablen en su nombre. Yo mismo para la elaboración de la portada de mi último disco le llevé a Miki Leal un montón de fotografías de funámbulos en la cuerda floja; aunque luego la cuerda quedó disfrazada de tapia, el espíritu del alambre, de jugarse la vida por un gesto hermoso de desafío a la muerte, se refleja, con su poquito de ironía, en el cuadro. Pueden juzgar con sus propios ojos a la derecha de estas líneas (debajo del listado de etiquetas).

Un arte absolutamente inútil

Como dice Paul Auster, “la función del equilibrista es crear una sensación de libertad infinita. Malabarista, bailarín, acróbata, interpreta en el cielo los actos que otros hombres se contentarían con realizar en el suelo. La intención es al mismo tiempo forzada y perfectamente natural y, en el fondo, su encanto reside en su absoluta inutilidad. Tengo la impresión de que ningún arte enfatiza con semejante claridad el profundo impulso estético que tenemos todos. Cada vez que vemos a un hombre caminar sobre una cuerda, una parte de nosotros está allí arriba con él. A diferencia de los espectáculos de otras artes, la del equilibrismo es directa, simple, no necesita mediadores y no requiere ninguna explicación. El arte es el propio acto, su más pura configuración. Y si encontramos alguna belleza en él, es por el placer que experimentamos al contemplarlo.”
La imagen del funámbulo suspendido entre las Torres Gemelas es el reverso mágico y vital del atentado del 11-S. La portada del New Yorker en el quinto aniversario de la caída de las Twin Tower así lo atestigua: arriba la portada del funámbulo en el vacío y, bajo estas líneas, el reverso de la portada con el vacío dejado por Mohamed Atta y sus secuaces. The New Yorker siempre tan insobornablemente agudo.
Horror Vacui: la cuerda floja

Ah, el vacío. El funámbulo es en sí mismo una metáfora de la suerte del hombre, o por ser más precisos, la conjura de esa suerte, del destino de habérnosla con la nada. El equilibrista si no quiere caer debe estar concentrado en la tarea, no perder de vista la cuerda ni dejarse llevar por distracciones matadoras. Si, ansiosos de seguridad, el miedo a la libertad nos hace decorar nuestro vacío con barroca pasión, el funámbulo señala en la dirección contraria: acepta el vacío como es y eso le permite cruzarlo. La libertad y la creación necesitan del vacío, del espacio abierto para desplegar su baile. Y ese es el desafío de la vida, aceptar la nada para poder hacer algo; bailando. Como decía el Tao Te King: “en el ser centramos nuestra atención pero del no ser depende su utilidad”. El arte del equilibrismo muestra su utilidad en su inutilidad. Y por no aburrirles con más paradojas, me despido con unas palabras del gran Philippe, un hombre que humildemente se apellida Petit: “Mira cada día como un verdadero desafío y entonces vivirás la vida en la cuerda floja”.
Estrambote: “En ningún momento del acto pensé que pudiera caerse. El riesgo, el temor a la muerte, la catástrofe no formaban parte del espectáculo. Philippe había asumido total responsabilidad por su propia vida y yo sentía que nada podría alterar esa resolución. El equilibrismo no es un arte mortal, sino un arte vital, de una vida vivida con plenitud; lo que equivale a decir que la vida no se esconde de la muerte, sino que la mira directamente a los ojos. Cada vez que Philippe se sube a una cuerda, toma posesión de esa vida y la vive en toda su regocijante inmediatez, en toda su dicha. Ojalá viva hasta los cien años.” (Paul Auster, “En la cuerda floja” 1982, Experimentos con la verdad.)

Y si quieren más, la video-noticia en El País, pulsando aquí.

lunes, 29 de diciembre de 2008

La espirulina, el piropo y mi señora. Confusiones contemporáneas.


Ivone acaba de llegar de Cuba con una beca posdoctoral para investigar las aplicaciones de la espirulina; un alga para mí y para el común de los mortales desconocida, pero a la que ella ha consagrado años de estudio farmacéutico.

Como soy de letras y amante de las perspectivas panorámicas siempre me llama la atención la hiperespecialización científica. En mi suprema ignorancia digo espirulina y achino los ojos como intentado ver más allá: un fondo marino de vivos colores, un remedio natural y milagroso para evitar el envejecimiento de las células, una nueva droga portadora de la felicidad y sin efectos secundarios… En fin, relleno mis lagunas con paletadas de imaginación psicodélica mientras pienso que este fin de año, no voy a necesitar ni un buche de champán ni una calada de porro: me bastará con una pequeña dosis de espirulina para empezar una nueva vida, más feliz, más joven y más colorida. Se nos murió Albert Hoffman pero aquí está Ivone y su espirulina.

La espirulina no todo lo ilumina

La llamo por teléfono y, como era de esperar, mi imaginación ha volado demasiado lejos. Por no perder el rigor académico, tratándose de algo científico, le pregunto por el título exacto de su tesis doctoral: “Desarrollo de una línea cosmética para la protección solar con estracto de espirulina platensis cubana”. Pero Ivone, me aclara, está aquí, en Sevilla, para introducir la espirulina en forma sólida como suplemento vitamínico. Me explica que además de las aplicaciones cosméticas, la espirulina –una microalga similar a los sargazos que llegan hasta la orilla de la playa- es rica en proteínas, minerales, vitaminas, aminoácidos esenciales, ácidos grasos poli-insaturados, etcétera. Su misión es convertir el alga en comprimidos: pirulas de espirulina, pero sin vuelo psicotrópico. La realidad siempre a pie de tierra.

Olvido, decepcionado, el alga, y le pregunto por qué su nombre se escribe con una sola ene y no dos. Su padre le inscribió mal en el registro. En Cuba los nombres no están limitados por el santoral ni tampoco por el buen gusto, recuerdo que en Guantánamo, desde donde se ven aterrizar los aviones en la base naval estadounidense, algunos niños atienden al nombre de Usnavy.

Ivone acaba de llegar hace diez días y lo primero que tuvo que hacer al bajar del avión fue comprarse unas botas, ya que las chanclas playeras que tenía no sirven para el invierno. Luego se compró un chaquetón y, aun así, no ha podido evitar caer enferma de gripe.

Piropos a mansalva
Acostumbrada a vivir como cubana, rodeada de gente, la vida en Sevilla en un piso compartido con una compañera con la que apenas se cruza, le parece de una soledad enorme. Más miga tiene su comentario de que aquí los hombres no piropean a las mujeres. Glup, trago saliva e intento explicarle que el feminismo nos tiene enseñado que piropear a la mujer es denigrarla a la condición de objeto, de un objeto bonito, pero objeto al fin y al cabo. Yo, por ejemplo, no es que crea en ese feminismo y, sin embargo, me cuido muy mucho de expresar mis impresiones fuera de un ámbito íntimo no vaya a ser que me pongan mala cara o me llamen directamente machista asqueroso. Ivone parece no entenderme y yo complico más el asunto añadiendo que el imperativo biológico que impulsa los juegos de seducción entre hombres y mujeres, desde la liberación feminista, ha tenido que adaptarse a reglas más complejas y a censuras difíciles de sortear. Ivone me contesta diciendo que a todas las mujeres les gusta que le digan cosas bonitas, y yo ya no sé cómo hacerle entender el entuerto de lo políticamente correcto sin parecer idiota. En fin, trato de explicarle, confusamente, la confusión del macho contemporáneo, su despistada blandenguería. Pensará que aquí estamos todos locos.

Me despido hablándole de un cortometraje protagonizado por un amigo, José Chaves, con el que, precisamente, viajé a Cuba en el año 96. Mi señora, dirigido por Juan Rivadeneira, es uno de los videos españoles más visto por internet, un auténtico suceso mediático que, entre otras cosas, debe su éxito a su incorrección y a su inmoderada falta de respeto hacia la profilaxis verbal impuesta por el feminismo. Una lectura atenta de Freud y de su libro El chiste y su relación con lo inconsciente, permitiría identificar los mecanismos de liberación que activa la risa en relación con lo reprimido. Sin embargo, para no alargarnos más, bastará con una cita de Cioran que ahuyente a las malhumoradas y represoras feministas: “la religión, al igual que las ideologías, que han heredado sus vicios, no son más que cruzadas contra el humor”. Ahora, diviértanse:

jueves, 25 de diciembre de 2008

Curso de Andaluz. Arte y poderío al alcance de cualquiera.


Una amiga madrileña tuvo que interpretar un papel de andaluza en una obra de teatro. Como actriz concienzuda que es, buscaba entrenamiento cuando casualmente se cruzó conmigo. Yo que en Madrid destaco por mi acento andaluz y en Andalucía por mi deje madrileño, no quise darle la réplica, de lo cual, ahora y por otros motivos, me arrepiento.

De lo último que se da cuenta el pez es del agua, quiero decir, que yo no soy muy consciente de mi acento salvo en el espejo de los demás. Y el espejo de los demás inevitablemente está empañado de prejuicios. Cuando llegué a Madrid, hace 13 años, notaba que cuando hablaba la gente se reía. Supongo que no se trataba sólo del carácter diferencial de mi acento; desde hace al menos setenta años, en España, el reparto de estereotipos regionales hace recaer en el andaluz el papel de gracioso. Durante el franquismo lo andaluz se tomó como representación de la quintaesencia española, el lema de “pobretes pero alegretes” se encarnaba perfectamente en el tópico del andaluz siempre dispuesto al fandangueo y el chascarrillo.

El andalucismo hunde sus raíces en la fascinación por el folclore y la lírica tradicional que sintieron Lorca y Alberti y otros poetas de la generación del 27, pero su vuelta de tuerca y vulgarización la alcanza, sin duda, en los años cuarenta donde lo auténticamente español se nutre de ese sustrato de mujeres morenas, vino y faralaes. Cientos de canciones vienen a glosar la peculiaridad española que no es más que la gracia y el duende de lo andaluz. Es la época de la autarquía, no se olviden, y como nadie quiere tratar con un régimen fascista, las autoridades locales jalean un continuo “ellos se lo pierden” y un “como España no hay ná” que un poco más tarde, con la llegada de los turistas, cristalizará en el lema "Spain is diferent". Es un mecanismo de defensa, la historia del pobre loco que reacciona ante su marginación creyéndose nada menos que Napoleón Bonaparte. Pues bien, el sombrero de Napoleón de la España franquista fue el andalucismo, “un arte que no se pue aguantá”.

Luego las cosas cambiaron relativamente, la copla perdió protagonismo, pero un andaluz siguió siendo un andaluz en el imaginario español, esto es, alguien poco amigo del trabajo, aficionado a la fiesta, buen contador de chistes, etcétera. Lo andaluz pasó de definir la peculiaridad española a cargarse, ahora que somos europeos, de una simbología étnica; una suerte de atavismo folclórico. Un andaluz ahora no es más que un español asilvestrado.

Me acuerdo de una amante madrileña a la que sus amigos, igualmente madrileños, al enterarse de sus escarceos conmigo la llamaban “killa”. “La killa”, qué guapa era y qué bien pronunciaba las eses... En cualquier caso, lo que más me molesta no es que de Despeñaperros para arriba la gente automáticamente se sonría al escuchar hablar con acento andaluz, sino precisamente los andaluces que abrazan amorosa y acríticamente el estereotipo del gracioso. Como si los catalanes se enorgullecieran y llevaran a gala ser tacaños.

En fin, esta entrada se me ha hecho larguísima. Solo quería presentar un curso de andaluz para compensar a mi amiga actriz por mi negativa de entonces, por si alguna vez le sale otro papelito de andaluza en una obra, para que pueda practicar sin necesidad de nadie que le de la réplica. Con todos ustedes, el Follow Me andaluz, más concretamente andaluz jerezano. En este curso además de aprender a manejarse con poderío dialectal se enseña cómo reírse del propio estereotipo sin dejar de ser gracioso.